Cuando celebramos esta fiesta, la del santo de quien llevamos el nombre o la de aquél o aquélla que nos inspira mayor cariño y devoción solemos inmediatamente “mirar a lo alto y pedir”. ¿No eso a lo que nos invita Jesucristo respecto al Padre Suyo y Padre nuestro. Los santos son intercesores válidos ante el Padre pero el unico intercesor suficiente y eficaz siempre es Jesucristo.

Los santos no nos pueden distraer de lo que es fundamental -“la centralidad y la suficiencia de Dios para colmar nuestra vida”-, ni tampoco nos pueden hacer simplemente mirar a lo alto como si ellos fueran semidioses o superhéroes y no hombres y mujeres como nosotros, hermanos nuestros que han hecho un camino al que cada uno de ellos nos invita.

El culto de dulía o veneración del que no debe pasar nuestra devoción a los santos consiste tanto en rezar a Dios a través de ellos, apoyándonos en ellos para pedir. Lo que hace más potente y eficaz esa oración de petición es tomar nota de los rasgos de su vida que más se pueden acercar a los de la nuestra para tratar de imitar su docilidad al Espiritu Santo,  su obediencia a la voluntad del Padre y su amor entregado a la Vida del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Sin este último elemento de la lista, el culto a los santos camina por tortuosos senderos que pueden conducir incluso a la superstición.

Sirvámonos de nuestros hermanos mayores para que ellos nos aupen hacia el Padre por el ejemplo de seguimiento que nosotros hacemos nuestro y su valiosa intercesión.