El día de todos los fieles difuntos es una jornada para pensar en la vida, para pensar en la vida que llevamos y sopesar la calidad humana y la cualidad moral de las opciones de cada dia. A la luz de la muerte, a los cristianos se nos hace más evidente la necesidad de vivir y optar desde el divino humanismo del Evangelio de Jesucristo. De otra forma nuestra vida sería insulsa e intrascendente.

Lo que puede despertar en nosotros un sincero y encendido deseo por vivir mejor es recordar a menudo QUIÉN  nos ha creado y para qué, recordar que hemos de morir y también que esa muerte puede no ser más que un paso hacia la luz y la plenitud para la que Dios nos puso en la existencia.

Quién tiene esa esperanza busca una vida mejor y se libera, cada día un poco más, de las cadenas, lastres e hipotecas existenciales que nos hacen vivir pesarosamente, y no hay mayor ni más triste peso en la conciencia que vivir para uno mismo sin ser útil a otras personas para que puedan tener también una vida mejor.

Recordar a todos los fieles difuntos después de celebrar ayer a todos los santos supone tener en cuenta que muchos hermanos nuestros que fallecieron necesitan liberarse y purificarse aún de lo que llevaron adherido a sí mismos de este mundo y sólo a este mundo pertenece. Solo en libertad y sin lastres se puede pasar a pertenecer al mundo de Dios.

Una mayor calidad de vida evangélica por nuestra parte junto con la oración  y cuanto podamos ofrecer a Dios desde esa conciencia renovada nos hará ser una ofrenda viva que haga por nuestros hermanos difuntos lo que ellos ya no pueden hacer por si mismos.

Orar por nuestros difuntos o elevar el rostro a Dios para pedir lo que sea sin el empeño por enderezar los pasos según el Evangelio es un acto estéril que no puede alcanzar su fin porque es una oración que no se eleva con las alas de la honestidad y la coherencia.  Pensemos en nuestros difuntos y pensemos en nosotros mismos para orar eficazmente por ellos desde una vida renovada por la memoria viva de un difunto que está muy vivo: Jesucristo.