En todas las relaciones humanas que son estables y se alzan sobre un sustrato de afecto y pertenencia se da un fuerte grado de gratuidad que no suplanta la necesaria reciprocidad entre los que se quieren. Pensar con una sonrisa “hoy por ti mañana por mi” no significa que se espere ni se pretenda una contrapartida al don realizado sino que se sabe que, donde hay amor, todos somos un don para los otros y todos nos servimos de ayuda y apoyo, siempre según las circunstancias y capacidades de cada uno. Este amor es noble y hermoso pero hay otro que lo es aún más.

[Lucas] “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ni a los vecinos ricos: porque corresponderán invitándote y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos…”.

Ayudar a quien no se conoce ni, por consiguiente, se le tiene un afecto personal y hacerlo porque sufre cualquier penuria es un admirable acto de humanidad que podríamos llamar filantropía, pero invitarle al banquete de tu vida y hacer opción por permanecer sentado a su lado es otra cosa.

No hay amor humano que pueda sostener una gratuidad creciente y una motivación ardiente a expensas de algo de reciprocidad, no lo hay, no hay un amor humano así pero sí puede haber un Amor en el hombre que le haga capaz de ello e incluso de más: el Amor de un Dios que nos agiganta hasta hacer de nosotros una prolongación de Sus manos y un reflejo de la amabilidad comprometida que cruza Su rostro para bien de Sus hijos más pequeños. En una sociedad en la que “lo que se lleva” es medrar para ser más grande que los demás y quedar por encima pongámonos por debajo de quienes más abajo se encuentran para encontrar allí la grandeza de Dios prendida en nuestra carne. Ser de Cristo no es solo esto pero, sin esto, no se es de Cristo.