

[Mateo] “En aquel tiempo, Jesús tomó la palabra y dijo: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas.”
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“Tomad mi yugo sobre vosotros” es una expresión que nos sugiere penosidad y esfuerzo pues pensamos en las reses dedicadas a transportar cargas o hacer girar norias y trillos tras ser uncidas bajo el yugo. Todo esto lo podríamos leer en línea con el evangelio de hace unos días sobre “cargar la cruz” y seguir al Señor, la interpretación más tradicional y recurrente por otra parte, pero hoy busquemos un enfoque complementario, en algo diferente al que ya nos sabemos.
La palabra “conyuge” nos es mucho más cercana a los urbanitas que la palabra “yugo” (quizá muchos ni hayamos visto uno en nuestra vida) y lo que significa es que los dos se hacen uno al casarse, apostando por uncir sus vidas bajo el mismo yugo, el del amor conyugal y familiar, haciendo el mismo camino, abriendo el mismo surco, caminando juntos para, como las reses unidas por el yugo mientras trabajan, apoyar la propia fatiga en el otro para encontrar descanso y poner la fuerza que se tenga al servicio del compañero de camino y de trabajos. Releamos el evangelio de hoy desde esta imagen, la del yugo de Jesús que aceptamos sobre nosotros para unirnos con Él, como cónyuges.
La vida cristiana se comprende de forma hermosa y entusiasmante desde la mística de la espiritualidad esponsal que nos permite, a varones y mujeres por igual, comprender a Jesús cuando se autodenomina “el Esposo” si cultivamos la vida interior lo suficiente como para no dejar que nuestras características personales de género sean las que nos acerquen o no al Señor.
El bautismo tiene desde sus orígenes una fuerte carga nupcial, es el inicio de los desposorios del alma con Cristo pues lo que se dice de la Iglesia esposa ha de poder decirse igualmente del alma que es hija de la Iglesia, cómo dice el santo padre Orígenes. Las catequesis bautismales en la edad patística duraban tantos días como duraban los festejos nupciales y la vestidura blanca con que se envuelve al recién bautizado tiene esa connotación nupcial que seguimos conservando en el vestido de las novias cuándo se casan.
De forma semejante a como en la cultura hebrea el matrimonio se celebraba en dos ritos y momentos, el Erusin o Kiddushin, el compromiso o esponsales, y el posterior Nisuin (la boda propiamente dicha que da inicio a la convivencia) el Bautismo une, promete y compromete a los dos que por el se unen, Cristo y el bautizado, en espera del segundo momento, la Eucaristía, en que ambos pasan a ser una sola carne y comienzan la con-vivencia, la co-habitacion, viviendo ya el uno del otro y para el otro, cada uno como parte del ser del otro, con-sortes pues asumen la misma vida, el mismo camino, el mismo destino. “Cuando comemos del Pan y bebemos del cáliz realizamos verdaderamente un acto esponsal” (dice el santo padre Metodio de Olimpo).
La simetría y la igualdad que debe encontrarse y promoverse en un matrimonio humano no se da en la unión esponsal del alma con Cristo pues el Esposo divino sigue siendo el Señor y es el alma la consorte, quien asume la vida, la misión y el destino del Esposo como propios, lo cual es la mayor medida de sobreexaltacion y redignificacion que podríamos jamás soñar. Desde este enfoque vivamos los sacramentos y cultivemos la gracia que en ellos se nos da para que los rasgos que distinguieron al Señor Jesús nos comiencen a distinguir a nosotros, Su mansedumbre y humildad, Su solicitud solidaria y su libertad, Su amor obediente al Padre y, por Él, Su entrega al bien integral de todos los que Dios ha creado. “Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios”, nos recuerda San Pablo. No nos conformemos con enfoques y espiritualidades reductivas y chatas cuando podemos uncirnos a la mejor.