

[Lucas] “En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano.
Respondiendo, le dijo el Señor: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y nadie se la quitara.”
———–
Esta escena de Marta y María en contraposición sigue siendo relevante para los cristianos de hoy, recordándonos la importancia de equilibrar la acción y la contemplación en nuestra vida para asegurarnos de que vivimos centrados en la búsqueda de Dios y su Reino. Mirando a este evangelio, hoy sigue siendo dificultoso superar las interpretaciones de oposición entre lo que representan ambas hermanas, pues unas lecturas priorizan las obras por la misión y la evangelizacion sobre la oración y la contemplación mientras otras califican a éstas de alarde activista carente de alma cuando merman la dedicación a la quietud orante. Cómo decía Aristoteles, “in medium, virtus”. Busquemos ese punto donde se encuentra la virtud, y nuestro punto de equilibrio, nuestro centro, siempre es Cristo.
Cómo siempre y en todo, el ejemplo de Jesús es la pauta suprema para interpretar nuestras mismas interpretaciones del Evangelio y de la Doctrina de la Iglesia devenida de él. Vemos a Jesús trabajando incansablemente, no teniendo tiempo a veces ni para comer ante las multitudes que andaban desorientadas y exhaustas como ovejas que no tienen pastor. Vemos también al Señor retirarse a menudo a la soledad para sumirse en el aliento del Padre, para descansar en el abrazo de Su mirada amorosa pues el Hijo de Dios no tenía otro lugar donde reclinar la cabeza, ni otra patria, ni otro hogar.
Si miramos a Jesucristo en el primer y en el último acto de su vida entre nosotros, en la Encarnación y en la Ascensión, podremos comprender más fácilmente cómo toda su vida encarnada era como un torrente que brota de un manantial al que tiende y vuelve, un manantial que es el Amor del Padre que le dotaba de fuerza y vigor en el Espíritu Santo para que, aún en la más frenética actividad, nunca jamás cupiera una rendija de separación entre quienes en todo momento son uno.
La oración de Jesús es descanso y alimento pero no cese de la actividad ni intervalo vacío en el trabajo, como su itinerancia, predicación y milagros no suponen ni distracción ni dejar en stand by la contemplación de la Belleza subsistente del Padre. La vida de Jesús-Maestro está tan integrada y unificada que Su tiempo de silencio y soledad en oración es parte de la obra de la Redención y sus obras por el bien de los hombres, incluso la crucifixión, son también oración porque la atención del Sagrado Corazón de Jesús vuelto al Padre nunca mengua. Aquí está la clave para nosotros: tener el corazón permanentemente mirando a lo alto, “vivir con los cinco sentidos” y que los cinco sirvan al discernimiento y puesta por obra de la voluntad de Dios.
Lo que se prueba y se goza en los tiempos de oración recogida y silenciosa, en la adoracion eucaristica, en los retiros y ejercicios espirituales no tiene sentido si no nos mueve a unificar todo nuestro tiempo en la Presencia de Dios en oracion continua, en contemplación en la accion, “la oracion de presencia”. Esos tiempos benditos son fundamentales para hacer en el corazón de nuestra conciencia tan expresa y reinante la Presencia de Dios que podamos vivir aquello de S. Pablo: “Ya comáis, ya bebais, hacedlo todo para gloria de Dios”.
Todos estamos en el camino de una vida que, por tender a Cristo, por caminar en la gracia y hacia la gloria a través de posibilitar que el Espíritu Santo forje y plasme la vida de Jesús en la nuestra, necesita entrenamiento y alimento, tiempo y lugar para la concentracion diriamos en el lenguaje deportivo.
El tiempo de oración nos enseña lo que debemos buscar en todo tiempo, que Dios reine en nosotros, para saborear y disfrutar de los más arrebatados fervores y gozos espirituales aún en medio de la actividad cotidiana.
El tiempo de oración nos hará capaces de comprender que la voluntad de Dios nos orienta siempre a lo que es bello, bueno, justo y laudable, buscando eso y nunca otra cosa por permanecer conscientemente en Su Presencia, sabiendole con nosotros permanentemente, sintiendole en nosotros constantemente, encontrando en cada momento o labor una ocasión tan valida, fecunda y veraz de tender a Él como el mejor de los retiros, como en la comunión eucarística o la absolución sacramental más encendidas de nuestra vida. Si, mirando a esto todos “somos muy canijos”, pero ¿acaso tenemos otra cosa más importante y mejor en la que gastar la vida?