

[Mateo] “Algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús: “Maestro, queremos ver un milagro tuyo.”
Él les contestó: “Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra.
Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.”
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Sin compararnos hoy con escribas y fariseos y con su petición, pues con ella no buscaban sino “entrampar” de cualquier modo a Jesús, no infrecuentemente se muestran hoy muchos cristianos ávidos de presenciar prodigios y grandes signos.
En occidente, y a diferencia de en gran parte del resto del planeta, no vivimos atormentados por hambrunas, miseria y enfermedades sin cuento que en otras épocas pudieron ser el caldo de cultivo para multiplicar el deseo de milagros e intervenciones divinas. En nuestras sociedades desarrolladas quizá el hambre de presenciar prodigios, apariciones y manifestaciones sobrenaturales pueda deberse al acoso extenuante contra la espiritualidad y la religion asi como por la hartura ante la zafiedad y la vulgaridad, la picaresca y el desenfreno que se están instaurando por doquier como parte de ese acoso a todo lo que representa y propicia justo lo contrario.
El cultivo de la espiritualidad y la práctica de la religión conducen irremisiblemente al ennoblecimiento de la persona, han de hacerlo si se viven con verdad, pues por adquirir otros valores, otra motivación y otras miras vitales el creyente experimenta cómo se aplacan los deseos de posesión y disfrute a cualquier precio que, de no tener más que materialismo para vivir, pueden poseer y gobernar a cualquiera.
Busquemos una verdadera experiencia religiosa, una práctica de la religión que nos haga más y más espirituales, más nobles y buenos, más santos, sin buscar ni pretender para ello presenciar grandes signos como concentraciones multitudinarias de cristianos, mensajes de exaltación de lo propio que casi siempre implican denostación de lo ajeno o presuntos milagros extraordinarios pues todo ello no hace sino distraer de los milagros y prodigios de cada día, de los grandes signos que pueden y deben sustentar nuestra fe.
Para cualquier creyente que vive de fe por alimentar diariamente su pertencia a Jesucristo y a la Iglesia, le bastará con ser testigo del milagro de Jonás, de ese nuevo Jonás que, tras pasar tres días en el vientre no del cetáceo sino de la hermana madre tierra, se nos ofreció desde ella resucitado como el fruto nuevo y más jugoso que podríamos jamás apetecer, un fruto vivo y vitalizador, antídoto contra los venenos de lo mundano que se pone a nuestro alcance en cada celebración de la divina Eucaristia, de la Santa Misa.
Jesucristo resucitado es el gran signo que Dios Padre ofrece a la humanidad y su Presencia viva y vivificante en la Eucaristía es el prodigio que puede poseer nuestra vida para sobreexaltar todo lo bueno que ya haya en nosotros, mientras pone freno y coto a los dolores, sufrimientos, pecados y limitaciones que nos pueden inducir a buscar un escape de todo, ya venga de cualquier aparente sobrenaturalidad o de su contrario por tirar la toalla y abandonarse a ser y vivir como los demás.
Si aún nos resistimos a vivir de cualquier manera, busquemos el signo nuevo que es Jesucristo y escuchemos Su voz y Su Palabra porque no es un prodigio mudo sino una Persona viva que se hace presente ante ti para que puedas ser el primer promotor de tu regeneración, por obra y gracia del Espíritu Santo que Él da a los que le obedecen. Cristo vive; vive de Cristo.