

Como miembros de la Iglesia que peregrina en España, no somos inmunes a los ataques ideológicos que están recibiendo tanto la primera como la segunda y no podemos adoptar una indolente y perezosa pasividad pues nos haríamos así corresponsables y cómplices de las consecuencias de dichos ataques.
Del todo oportuno será comenzar con una mencion a la tan denostada últimamente noción de “patria”, palabra que viene del latín, de la forma femenina del adjetivo patrius-a-um (relativo a los “patres” que son los antepasados). Así pues la patria no es un concepto abstracto y patriarcal, mucho menos machista, sino que hace referencia a la tierra nutricia, “la terra patria” o “tierra de los antepasados”, en la que permanecen nuestras raíces personales y colectivas, una tierra nutricia que es un pueblo, una suma de personas en la complejidad de las diferencias que sumamos entre todos y que son riqueza más que debilidad por el respeto y la voluntad expresa y comprometida de convertir dichas diferencias en una fuente de cohesión mayor que la simple igualación forzosa del comunitarismo o la separación en grupos más afines que, aislados de los otros, se empobrecen a sí mismos empobreciendo a los demás y menoscabando el bien común.
Todos somos diferentes porque cada uno es único y en nuestra España la suma de identidades diversas nos ha sumido en luchas cainitas desde los tiempos de los celtas y los iberos. El surgimiento de los celtíberos en “la piel de toro” fue el inicio de una realidad común nacida en el inicio de la modernidad bajo el pendón rojo y gualda que portaban los Reyes Católicos y el águila de San Juan que manifestaba, desde el siglo X-XI con Santiago como desencadenante, cómo la identidad cristiana había unido a los príncipes y señores dispersos y sometidos por el invasor para, sin perder el señorío de su propia identidad, sumarse a la causa común de la libertad para multiplicar fuerzas, superando las divisiones que conducen irremisiblemente a la esclavitud ante cualquier ideología sectaria que busque dividir para gobernar dominando. La historia pasada nos prepara para no repetir errores preteritos; por eso siempre ha sido manipulada por quienes quieren afianzar su fuerza sobre nuestras debilidades.
El concepto de nación es puramente renacentista y no hizo sino comenzar a levantar fronteras cada vez más infranqueables. La unidad en la común identidad apoyada en la noción de pueblo es muy anterior al concepto de nación y nos puede devolver esa sabía mirada que, reconociendo todo lo que nos hace diferentes, subraya y pone de relieve lo que tenemos en común y nos puede unir haciéndonos más fuertes.
Todo lo que nos recluya en nuestra propia individualidad nos hace más débiles, vulnerables y manipulables, y a menos que queramos volver a ser esclavos nos uniremos unos con otros para poder juntos hacer más real el ideal de la libertad en la igualdad y fraternidad que nunca aliena ni priva a nadie de su derecho a ser él mismo. Los hijos de la Iglesia, pueblo de Dios, hemos de ser hoy en España “el pegamento” de esa cohesión social tan desgarrada por quienes hacen del refrán “a río revuelto ganancia de pescadores” su máxima vital.
“No hay camino para la paz, la paz es el camino”, decía M. Gandhi, y sólo la reconciliación por la fuerza del Amor del Dios que nos hace iguales por habernos hecho hermanos nos hará vivir en paz y en esa justicia que propicia el bien común salvaguardando el bien personal de cada uno y su identidad particular.