

[Genesis] “El Señor dijo: ‘El clamor contra Sodoma y Gomorra es fuerte y su pecado es grave: voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la queja llegada a mí; y si no, lo sabré’.”
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En la lectura del libro del Génesis vemos el poder y la necesidad de la oración de intercesión si bien el texto precisa de exegesis para comprender la enseñanza sin desviarnos por los elementos culturales de un pueblo tan antiguo y tan lejano.
Cuanto más atrás nos remontamos en la historia de la salvación más podemos ver cómo en la Revelación de Dios, el autor divino que se revela a través de un autor humano, se utilizan multitud de proyecciones antropomórficas, es decir, así como el hombre es cree que también es Dios, si bien elevado a la enésima potencia. Todo lo bueno de lo que es capaz el ser humano se encuentra en Dios en modo superlativo y Dios también participa de la cólera y la ira humanas aunque sólo ante la injusticia y siempre abriendo una ventana a la compasión y a la misericordia. Esas proyecciones eran un medio usado por la Revelación entonces para sacar al hombre de su primitivismo y elevarlo a niveles de una mayor humanidad.
La Revelación en la persona de Jesucristo nos ayuda a comprender que somos nosotros imagen y semejanza de Dios y no al contrario, por lo que proyectar sobre Dios nuestros rasgos no deja de ser una deformación del rostro divino que, si bien era comprensible en los primeros siglos en los que la Revelación comenzó a guiar al pueblo de Dios por el primitivismo de aquel tiempo, hoy ya no es admisible por la plenitud de la Revelación que se nos ha dado en Cristo.
“Padre, perdonalos porque no saben lo que hacen.” Las palabras de intercesión de Jesús por sus propios verdugos miéntras lo cosían a la cruz entre ebrias risotadas, manifiestan que ya no queda lugar alguno para el argumento de la cólera de Dios. Ahora, en Cristo, se nos revela cómo el perdón más alto, la compasión y la misericordia, incluso ante los propios enemigos, son uno de los rasgos que más nos pueden asemejar y acercar al corazón de Jesús por la fuerza de la gracia sobre nuestra voluntad adorante y nuestro enamorado deseo de ser asi, de vivir así: resucitados en vida recreados en Cristo. [Colosenses] “Hermanos: Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con él, por la fe en la fuerza de Dios que lo resucitó de los muertos.”
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[Lucas] “Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: ‘Señor, enséñanos a orar.’ Él les dijo: ‘Cuando oréis, decid: “Padre (…) santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”.
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Con el Padrenuestro pedimos sea santificado Su nombre por nosotros y que Su Reino venga sobre nosotros, entre nosotros. “Hágase tu voluntad” no es una petición sino la expresión de un compromiso: “Que yo haga tu voluntad para santificar tu Nombre por la gracia de tu Reino cuando te vienes a mi.”
Si queremos hacer la voluntad de Dios dejemos de ofrecerle lo que no nos pide con tantas promesas pueriles y démosle lo único que desea y centra toda la Nueva Alianza: que seamos como Su Hijo, progresivamente, en lo relativo a la madurez y a la pureza de corazón y de intenciones y deseos, a la rectitud de las obras y a la búsqueda de la reconciliación entre todos.
“Hazme, Señor, un instrumento de tu Paz. Que donde haya ofensa yo ponga el perdon” (San Francisco). La reconciliación y la paz siempre comienzan por las que posibilito yo al perdonar, al interceder, viviendo como vivió Jesus o, al menos, al querer yo hacer lo mismo para poder brindar a Dios una ofrenda que glorifique Su Nombre por hacer que Su Reino esté más presente entre los hombres.