

Celebrar a San Joaquín y Santa Ana tiene, entre otros, el mismo significado que el capítulo primero de San Mateo o el Evangelio de la infancia de San Lucas: mostrarnos la verdadera humanidad de Jesucristo. Él es de los nuestros, absolutamente, pues a través de Su Madre y de San José disfruta de una familia humana con unos ancestros, una historia y unos vínculos, como también nosotros. Desde esa urdimbre humana es como Dios nos presenta su Amor providente y su cercanía salvadora, haciéndose como nosotros para poder hacernos paulatinamente como Él es.
La familia forma parte del proyecto de la Salvación desde el mismo momento de la Creación pues el ser humano como tal no fue creado a solas ni en una anónima y casual comunidad o en un tipo de emparejamiento acordado por los hombres sino en una pareja formada por el varón y la mujer para convertirse juntos en una familia, cada uno por el otro, con el otro y para el otro junto con los hijos que puede propiciar su unión.
Desde que existe la Humanidad, la familia humana es el germen primero de toda comunidad y de toda sociedad a la hora de constituirse y perpetuarse en el tiempo con su identidad y con los valores que le hacen ser diferente de otras sociedades.
La familia -cada nueva pareja de varón y mujer unidos por amor para ser felices y fecundos- y todos aquellos que la han hecho posible con la suya propia -abuelos, tios, primos…- forman una autentica familia, una comunidad en la que los vínculos de la sangre deben abrir a sus integrantes a un sentido de corresponsabilidad de cada uno hacia el bien de los demás.
Con esta vida moderna que tiene más de moderna que de vida, con un tan alto coste de todo, con el hormigón acorralandonos en las ciudades en casas cada vez más caras y más pequeñas, los abuelos sufren todo eso como nadie por la indefension y la vulnerabilidad de su debilidad física y por tan grande soledad como se les impone, en parte por circunstancias inevitables y en parte por opciones de los suyos que son muy evitables. Desde esta reflexión desde Dios y sobre la realidad de la familia humana en la que Él nos puso en la existencia podremos comprender mejor si es adecuado nuestro modo de relacionarnos con nuestros familiares, sobre todo con los más solos y débiles. “Arrepentidos quiere Dios”, sin fustigarse pero con ansias de conversión y reparación.