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[Juan] “Jesús dijo (a Marta): Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?
Ella le contestó: Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.”
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Al repasar en las primeras lecturas de estos días pasados la suerte de los profetas en el Antiguo Testamento, al recordar el final del Rey de la profecía, Jesucristo, o al considerar el trato que recibe quien pone voz a la Palabra desde entonces, la Iglesia,  hay que analizar la importancia del mensaje para comprender la insistencia de los mensajeros.

Como momento fuerte en la historia de la Revelación,  leiamos ayer cómo Dios entregó a Moisés las Tablas de la Ley ultimando la Alianza hecha con los israelitas. Además de los siete mandamientos que dan inicio a una nueva forma de relación del creyente con el resto de seres humanos, los tres primeros mandamientos que sostienen y dan firmeza a los demás mueven a Israel a dejar atrás el habitual politeismo de los pueblos vecinos para pasar a la monolatría primero (dar culto a un solo Dios, “el Dios de Israel”) como preparación para alcanzar el monoteísmo después (dar culto al unico Dios, el Dios de toda la Tierra). Este paso supone que el pueblo elegido por Dios, Israel, no es más que el atrio de entrada del único Dios para hacerse progresivamente presente a su verdadero pueblo elegido: los pueblos de toda la tierra.

La Ley Natural que se revela en los Diez Mandamientos es el inicio del “manual de instrucciones” del ser humano para que lo llegue a ser con plenitud y tiene por destinatarios a todos los miembros de la humanidad para que el mensaje de las Bienaventuranzas y Jesucristo todo entero se haga presente en medio de todos ellos y transforme progresivamente su forma de comprender lo propio y lo ajeno o categorias como “semejante” y “extranjero”, “responsabilidad” y “solidaridad”, “bien comun” y “fraternidad”.

El “nuevo Israel” (la Iglesia) no se sirve a sí misma ni ha recibido la Revelacion y los bienes de la salvación para sí sino para ser portavoz y portadora del Don de Dios. Ese ministerio profetico se ejerce a través del anuncio y la invitacion a una nueva forma de comprender la humanidad con la autoridad de una vida gastada como un servicio que lleve a los demas los frutos de la vida de Cristo en forma de paz, justicia, reconciliacion… viviendo y llevando por doquier la Paz y el Bien que Jesucristo trajo para todos. Cuando no se acepta la responsabilidad y el compromiso que nos vienen por ser de Cristo es cuando volvemos al becerro de oro, al rechazo de Sus profetas y a las 30 monedas de Judas. No rechacemos la Palabra o Su anuncio en esa, Su casa, que Él ha hecho nuestra.