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Cuentan que, en una ocasión, estando Alfonso Maria de Ligorio trabajando en su escritorio, un hermano joven acudió apresuradole porque a otro hermano se le estaba apareciendo en ese preciso momento el Niño Jesús. S. Alfonso, sin inmutarse, vino a contestar, “Para mí eso no es nada extraordinario porque lo tengo cada día entre mis manos en la Santa Misa.”

A menudo seguimos anclados en la mentalidad de los creyentes de hace más de 30 siglos buscando prodigios y hechos extraordinarios, nuevas revelaciones y manifestaciones sobrenaturales cuando cada día podemos presenciar y participar del mayor prodigio que Dios ha hecho por nosotros en toda la historia de la salvación: el memorial de la vida y la persona de Jesucristo y su Presencia viva en medio de nosotros y en cada uno de nosotros por la santísima Eucaristía, instituida para hacer de nosotros una réplica de Aquél a quien comulgamos.

“Cuando se absolutiza lo relativo se relativiza lo absoluto” o “Cuando la arena es oro el oro se hace arena”. Como en toda generación, la reforma de la Iglesia y de la vida de cada uno de los bautizados pasa por comprender la palabra “re-forma” como “volver a la forma primitiva de vida cristiana”: una vida radicalmente centrada en la Eucaristía porque sin ella los cristianos no lo somos y cuando nos descentramos de ella estamos dejando de serlo.