

Doce años despues de iniciar la aventura de su conversion ante el Cristo de S. Damian, diez años despues de haber comenzado a recibir hermanos de las manos de Dios y cuando éstos se contaban ya por millares, haciendo cuatro años de la consagración de Clara a manos de Francisco en la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, en la Porciuncula, en julio de 1216, Francisco pidió en Perusa al papa Honorio III que todo el que, contrito y confesado, entrara en la iglesita de la Porciúncula ganara gratuitamente una indulgencia plenaria, como la ganaban quienes se enrolaban en las Cruzadas y aquéllos que sostenían con grandes donativos la lucha contra el infiel. De ahí el nombre de Indulgencia de la Porciúncula o Perdón de Asís.
La importancia de este logro de San Francisco es mucho mayor de lo que se suele considerar. Cuando los príncipes cristianos llamaban a la guerra para reconquistar los Santos Lugares y el Papa concedía indulgencia plenaria a los que sumaran sus fuerzas a esa lucha o hicieran donaciones, San Francisco propuso al Papa y consiguió la obtención de dicha indulgencia por el camino de la paz y de la gratuidad.
Tres años después de conseguir la indulgencia de la Porciúncula tuvo lugar otro acontecimiento directamente relacionado con éste. Cuando los cruzados asediaban la ciudad egipcia de Damieta, San Francisco entró a hurtadillas en la ciudad sitiada y dialogó con el sultán, un diálogo que debió ser cordial pues no le costó la vida al cristiano sino que le ganó la admiración de su interlocutor. Muestra de ello es que, cuándo todos los cristianos fueron expulsados de Tierra Santa a finales del s. XIII, sólo los franciscanos pudieron permanecer -hasta hoy- en la que fue la tierra de Jesús como fruto del encuentro de Francisco y el sultan Melek el Kamil en Damieta y del talante que manifestaban los hijos de San Francisco.
La paz del alma, fruto del gratuito perdón de Dios, otorga al hombre un talante manso y conciliador que no solo no suscita conflictos sino que los disuelve y vence con la fuerza con que los venció el Cordero inocente sobre la Cruz. Esta es la enseñanza y el testimonio que nos ofrece hoy San Francisco desde la iglesia de la Porciúncula, cuna de toda la familia franciscana mecida por Nuestra Señora de los Ángeles, una enseñanza urgentemente necesaria cuando brillan los sables por doquier e incluso desde la Iglesia no pocos adoptan la dialéctica del conflicto y el enfrentamiento para encarar a los que nos persiguen. Aprendamos de S. Francisco porque Él antes aprendió de Cristo, y fue alumno aventajado.