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Que bien se ilumina el mensaje de hoy desde el de ayer, domingo. A ello. Juan María Vianney nació en una pequeña aldea campesina en 1786. Los años de su niñez y de su adolescencia los hubo de dedicar por entero a trabajar en el campo hasta el punto de que, a los diecisiete años, aún era analfabeto. Fruto del profundo sentido religioso que se respiraba en su familia trató de buscar la voluntad de Dios desde las ocupaciones más humildes. Palpitaba en su corazón el deseo de ser sacerdote pero no le resultó fácil hacerlo realidad. Llegó a la ordenación presbiteral a los 29 años, después de no pocas dificultades por unos límites intelectuales que no empañaban su férvido anhelo de santidad.

El santo cura de Ars manifestó siempre una altísima gratitud por el don recibido. A ejemplo del buen Pastor, su existencia fue una catequesis viviente que cobraba una eficacia muy particular cuando la gente lo veía celebrar la misa, detenerse en adoración ante el sagrario o pasar muchas horas en el confesonario. Su amor a Cristo y a aquellos a los que el Señor ama le distinguía y, por ese amor a Dios y a los hombres, el centro de toda su vida era la Eucaristía. La devoción y respeto con que la celebraba le obtuvo la gracia de ser una referencia en el ministerio de la confesión. Procuró que sus feligreses redescubriesen la belleza de la confesión sacramental como una íntima exigencia y consecuencia de la vida eucarística. En el santo cura de Ars se realizó aquello de “Según se trata al Señor sobre el altar se trata a los que son de Dios en el confesionario.”

El Santo cura de Ars lograba tocar el corazón de la gente comunicando lo que vivía: su unión de amor con Cristo. Estaba “enamorado” de Cristo, y el verdadero secreto de su fecundidad pastoral fue el amor que sentía por el Misterio eucarístico anunciado, celebrado y vivido que lo transformaba en amor por todas las personas. Su testimonio nos recuerda que para todo bautizado, y con mayor urgencia para el sacerdote, la Comunión eucarística tiende a una transformación total de la vida. Con fuerza abre de par en par todo el yo del hombre al Tú de Dios y crea un nuevo nosotros.

La enseñanza que sigue transmitiéndonos el santo cura de Ars es que en la raíz de la caridad hacia el prójimo ha de estar siempre una íntima unión personal con Cristo, que es necesario cultivar y acrecentar cada día. Sólo así se podrá tocar el corazón de las personas y abrirlo al amor misericordioso del Señor infundiendo el mismo entusiasmo y vitalidad espiritual que mueven la propia vida.