

[Mateo] “Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
Jesús les dijo enseguida: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!
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Es imprescindible conocer y valorar el contexto de cada escena evangélica para acertar a comprender el mensaje que se nos da hoy en dicha escena. Hoy, Jesús acaba de realizar el prodigio de saciar a una multitud con unos pocos panes y apenas un puñado de peces. Aún entusiasmados y enardecidos por ser los amigos más íntimos y cercanos de semejante rabbi, los discípulos se hacen a la mar si bien lo que les separa y diferencia del Señor en este preciso momento no es ni la travesía ni que el Señor si hubiera retirado a la montaña Él solo. Volveremos sobre esto; sigamos ahora adelante con la escena.
A buen seguro, esos discípulos de la barca iban comentando, enardecidos, el prodigio de Jesús y el asombro de las gentes, con el regusto de ser ellos mirados cuando todos miraban al Señor, recibiendo sobre ellos parte del incienso que las multitudes agradecidas ofrecían a su sanador.
Qué fuertes son el sentido de pertenencia y la identificación cuando el seguimiento del líder nos coloca en alguno de los otros peldaños del podio pero, en cuanto toca bajar, en cuanto “pintan bastos” y cualquier tipo de tormenta nos zarandea se pone en verdad cuánta era nuestra pertenencia y nuestra identificación con quien ahora en la dificultad parece que nos falta.
Jesús estaba en la montaña Él solo no porque ninguno de los suyos le hubiera acompañado -pues les mandó que se hicieran a la mar- sino porque, mientras Él daba gracias al Padre por el signo prodigioso con el que el Hijo había manifestado la gloria de Dios para el bien de los hombres, los discípulos habían permanecido llenándose de sí mismos por lo que de Jesús les beneficiaba a ellos. Por eso Jesús estaba solo y por eso los más Suyos cada vez se alejaban más de Él, porque Cristo siempre remite todo lo bueno al Padre no poniendose como centro y protagonista mientras los discipulos quieren “meter codos” para ocupar cada vez una mejor posicion, con mayor protagonismo; los discipulos se alejaban del Maestro porque mientras el Señor era movido por el Espíritu del Padre los Suyos se movian por las mociones y apetitos del espíritu de la carne.
¿En cuál de estos dos modos de ser y de vivir la fe nos colocamos cuándo anhelamos una Iglesia fuerte e influyente como en otros tiempos? ¿Nos guía el Espiritu del Señor o es el espíritu de la carne lo que nos mueve a descalificar a ciertas personas porque no valen para el Reino de Dios? ¿No estaremos dejando de nuevo solo a Jesús mientras nos alejamos de Él por buscar protagonismo en las asambleas o grupos, por medrar según nuestras fuerzas para subir al podio de la relevancia?
Si le dejamos solo, más pronto que tarde galernas y tempestades amenazarán con volcar la barcaza de nuestra vida pero, en ese preciso momento, Jesús no permitirá que nuestra torpeza egolatrica arruine su proyecto de salvación y de nuevo acortará las distancias para volver a ser el Señor de nuestra vida y el buen capitán de nuestro pequeño bajel. Errar es de humanos; rectificar, de sabios, mientras es de necios perseverar en el error o no querer reconocerlo para poder corregirlo.