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[Mateo] “Jesús preguntó a los discipulos: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo.
Jesús le respondió: ¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.”
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Lo que hace hoy Jesús y relata el evangelio no es una simple encuesta de opinión o un cuestionario para recabar datos que desconoce. Lo que busca el Señor en los más suyos es una verbalización de sus creencias para poder conducirles hacia una verdadera profesión de fe que redirija su vida como una brújula nos señala al norte, encaminandoles así hacia ese destino movidos por la obediencia del amor.

Creer en Jesucristo exige creer a Jesucristo, asumir Su enseñanza como la verdad atemporal sobre Dios y sobre el ser humano, acoger los medios instituidos por El -los sacramentos- para conducirnos hacia una salvacion y una liberación cada vez mayores y aceptar Sus mandamientos como la serie de hitos que nos guían por el camino más seguro para desarrollar nuestras capacidades y realizarnos con la plenitud para la que Dios nos ha creado.

Todos los medios de salvación, toda la enseñanza del Señor y todo lo que Dios ha volcado sobre la humanidad ha quedado recogido, custodiado y en permanente y fiel actualización en la Iglesia fundada por el Señor Jesús y sostenida, guiada e inspirada por el Espíritu Santo por promesa expresa del Hijo de Dios.

Consecuentemente a como creer en Jesucristo implica y exige creerle a Él,  por esa fe puesta en el Señor hemos de creer en la Iglesia y a la Iglesia que Él constituyó sobre los cimientos de los apóstoles. La Iglesia Apostomica es el Sacramento de Salvación por excelencia del que brotan los otros siete y que en su jerarquía nos enlaza, nos une con la Iglesia primitiva por la sucesión apostólica que hace de cada obispo legítimamente consagrado un sucesor de los apóstoles en quien resuena la enseñanza del Señor y por cuyas manos se nos entrega la gracia sacramental que Cristo vínculó a cada uno de esos siete signos por los que Dios consagra, acompaña y robustece nuestro caminar por el sendero de la vida.

La pertenencia fiel a la Iglesia es nuestra mayor garantía para permanecer perteneciendo al Señor Jesús porque nuestra Iglesia la fundó Él y, por ello  ha de permanecer siendo nuestra Iglesia si queremos seguir siendo nosotros de Él.