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Generalmente, cuando miramos a un santo nos centramos en los aspectos más extraordinarios de su vida, en lo que de forma grandilocuente y ejemplificante nos cuentan sus biógrafos. Sin embargo, nunca deberíamos pasar por alto lo que resulta más útil para todos nosotros en la vida de cualquier santo, lo que hacía de él una persona normal que supo responder a la extraordinaria gracia con que Dios lo hizo ser un ser humano extraordinario, lo que todos estamos llamados a ser, santos, porque “como todo santo tiene un pasado, todo pecador tiene un futuro “.

Desde la progresiva maduración que le proporcionaba su vida familiar, Domingo recibió una cuidada formación religiosa y moral de su tío, el arcipreste Gonzalo de Aza. Con una gran dedicación al estudio, llegó un momento en que se sintió llamado a algo diferente y vendió todos sus libros menos la Biblia para distribuir el dinero entre los pobres y dedicarse al servicio de la Iglesia en la defensa de la verdad de la fe luchando contra los errores heréticos.

Tras ostentar varios cargos eclesiásticos, recibió la confirmación del Papa Honorio III para la fundación de la Orden de Predicadores, una fraternidad de hermanos consagrados en la libertad de la pobreza mendicante y para el estudio y la pedagógica difusión de la Verdad de Cristo. Junto con San Francisco de Asís, Santo Domingo supuso un cambio para la Iglesia en el modo de enfrentarse a la herejía. El espíritu revolucionario que ambos santos introdujeron en el catolicismo medieval hizo a un lado el enfoque de las Cruzadas para tomar la metodología de la oración, el estudio y la predicación con corazón fraterno entre las gentes.

La pobreza de espíritu y de medios materiales de ambos santos manifiestan su pureza de corazón con un amor a Cristo expresado en el amor a los demás, incluso a aquellos que combatían a Jesucristo porque nuestros santos no tenían más enemigo que la injusticia y el error convertido en ideología.

Vida en familia, dedicación al conocimiento orante de la Palabra de Dios desde el amor a la Iglesia, testimonio continuo de la Verdad que es Cristo en la lucha contra el error y nunca contra los que yerran por combatir el Evangelio. Creo que este legado de Santo Domingo es más importante y util hoy para nosotros que cualquier otra imagen deslumbrante que nos hagamos de él.