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La Familia Franciscana celebra hoy a nuestra madre Clara, la esposa del más hermoso de todos los hombres, aquélla que cantaba a la belleza, la dulzura y la elegancia del Rey de los angeles desde la renuncia al lujo y a las pompas que le ofrecían su noble cuna para pasar su vida enclaustrada, reservada únicamente para gozar de la pertenencia esponsal a Aquél en quien ella se miraba tratando de reflejar su efigie por la fuerza del amor esponsal, unitivo y transformante, que encontraba en el Sacramento del altar el talamo nupcial en el que, como dira siglos mas tarde S. Juan de la Cruz, la “amada era en el Amado transformada.”.

El año 1212, en la noche de Domingo de Ramos, Clara se escapó de la vida regalada y se unió a Francisco de Asís en la libertad de una vida austera, pobrisima, en la que la única nobleza que anhelaban era la que les confería la pertenencia a Jesucristo. Aunque buena parte de la sociedad occidental no valore a Santa Clara ni a las clarisas como un referente necesario para recuperar mucho de lo que la exaltación de la tecnología o del dinero nos está robando, tanto ellas como la mujer que les da nombre viven valores por los que suspira nuestro tiempo.

Es difícil negar que nuestra sociedad occidental es triste y que los temores suscitados por la manipulación política, la guerra y la crisis moral, laboral y economica están multiplicando esa tristeza. La insignificancia de los sufrimientos de cada persona y de cada familia para el sistema y para quienes lo gestionan nos hace concebir nuestra vida cada vez más encerrada en el individualismo, buscando disfrutar tanto como podamos pagar.

LA CLAUSURA DE CLARA Y DE LAS CLARISAS NO ES ASÍ. Su identidad es irradiar desde la clausura lo que sus hermanos franciscanos, frailes y seglares, tratamos de vivir por los caminos del mundo. Así, como una familia, los herederos de Clara y Francisco intentamos mostrar, compartir, irradiar que el valor de las relaciones humanas desde la relación con Cristo da más calidad y libertad a la vida que las cosas o el dinero.

Clara y Francisco aprendieron a vivir con lo básico por amor a Cristo que, siendo sobremanera rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. Los miembros de la Familia Franciscana tratamos de vivir con la libertad de no necesitar mucho y de no buscar a cualquier precio aquello que humanamente podamos necesitar.

Clara y Francisco -y todos los franciscanos tras de Jesucristo con ellos- creemos en la fraternidad universal, en el valor y la dignidad de cada ser humano, en la necesidad vital de no pasar de largo ante el sufrimiento de nadie porque, aunque sea un desconocido, somos sus hermanos.

Francisco llamaba a Clara “la cristiana” porque ella encontraba la alegría de vivir en Cristo y, sólo por Él, sus necesidades menguaban tanto como crecía su capacidad de amar a todos, pero siempre más a los sufrientes, a los enfermos, a cualquier persona necesitada de los frutos de esa buena noticia del Evangelio que a ella le dio la vida y por el que ella se entregó a Jesús, plenamente, virginalmente, encontrando así la mayor felicidad. Esa es la vida del Evangelio que hoy celebramos cuando celebramos a Clara de Asís.