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[Mateo] “En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?»
Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: «Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mi. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial.”
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De la misma manera en que sentencias de Jesús como “Con la medida con que midais a los demás se os medirá a vosotros”, “Si no perdonáis a los hombres sus ofrendas tampoco Dios perdonará las vuestras” o ésta de Santiago “El  juicio será sin misericordia para quien no practicó la misericordia” pueden y deben interpretarse como grave amonestacion tanto como una maravillosa oportunidad, así podemos interpretar hoy la última parte del evangelio del día.

En la primera parte del texto se hace un exordio elogioso de la infancia espiritual, de la espiritualidad de los anawyn del Antiguo Testamento que, estando dejados de la mano de todos y expuestos a la mayor vulnerabilidad, como los niños, no vivían amargados por las circunstancias de su vida. Estos pequeños de Dios atravesaban ese valle de lágrimas en que habian transformado su vida el pecado propio y ajeno tanto como el azar con ánimo y confianza porque habían hecho experiencia de que Dios era su único tesoro a saciedad y, poseyendolo, siendo poseídos por Él, no albergaban ningún temor y cambiaban ellos para cambiar no ya sus circunstancias sino cómo encajarlas y vivir con ellas, desactivando en no poca medida su capacidad de infligir sufrimiento moral y psicológico. El dolor físico es objetivo y “es obligatorio” pues nadie se zafa de él, pero el sufrimiento es en gran medida opcional por ser subjetivo, pues el nivel de padecimiento está en no poca medida en función de como cada uno lo enfrenta. Parafraseando a Tolstoi en “Anna Kerenina, todas las personas felices se parecen entre sí, pero cada persona infeliz lo es a su propia manera.

Si todo esto, como explicación y desarrollo de la frase “El que se haga pequeño como un niño es el más grande en el reino de los cielos”, se nos hace graboso y harto inalcanzable, comencemos por vivir la segunda parte del evangelio para que la gracia de Dios nos haga capaces de adentrarnos en la primera.

Acoger, proteger y respetar a los niños y a todos los que, sin ya serlo, sufren por causa de sus semejantes por su pequeñez, su vulnerabilidad y su indefensión es un óptimo modo de comenzar. Desterrar de nosotros los juicios, la crítica, la maledicencia, la crueldad de cualquier forma de abuso o la prepotencia comenzará a hacernos de los pequeños de Dios porque erradicará de nosotros la fatua pretetensión de grandeza que siempre se levanta sobre las espaldas de otros, a quienes, para subir nosotros, rebajamos e incluso  dañamos profundamente con tal de auparnos ante los demas y ante nuestro ego.

Ninguno de nosotros se puede tener por bueno o justo pero cada uno de nosotros puede comenzar a serlo en tanto en cuanto haga opción cotidiana por la bondad y la justicia. Cada vez que una enseñanza de Jesús la entendamos como grave amonestación o incluso como amenaza es porque nuestro ego celoso no quiere desprenderse de nada;  en la medida en que esas palabras del Salvador de los hombres se nos presenten como una oportunidad de vida buena, de cambio, de santa humanización,  no estaremos lejos del reino de los cielos que sólo se regala a los pequeños.