

[Mateo] “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.”
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Lwyendo la primera lectura de hoy, qué terrible es la muerte de Moisés y qué difícil resulta comprender ese modo de morir para semejante personaje. Yahve lo castiga a ver la Tierra Prometida por la que tanto había luchado desde la cima del monte a cuyos pies se extendía, pero muriendo antes de poder entrar en ella. Por mucho que este escrito del siglo XII antes de Cristo tenga un lenguaje y unas categorías propias del Antiguo Testamento, a pesar de cualquier exégesis, no es sencillo comprender y aceptar -dicho sea como gran atrevimiento- este modo de proceder del Señor para quien era llamado “amigo de Dios”.
Algunos biblistas exponen cómo fueron la causa de este final de Moisés las dudas en las promesas de Dios ante los grandes sinsabores que padeció el pueblo y él mismo en el éxodo por el desierto. Por mucho que nos parezca poco menos que inhumano pretender de nadie una fe blindada, invulnerable y a prueba de toda crisis, no restamos autoridad a los especialistas del tema pero, desde el evangelio de hoy, quizá podamos ponernos de puntillas y atisbar una explicación que complemente a aquella.
En el Sermón de la Montaña Jesús hoy expone el modo evangélico de ejercer una corrección fraterna que no es opcional ni únicamente aconsejada a los cristianos que quieran “subir nota”, sino que es una exigencia de la caridad que debemos concebir en nosotros hacia cualquiera de nuestros hermanos.
Desde la oración y el discernimiento, es decir, de un modo espiritual y siempre con prudencia, tenemos la obligación de hacer ver a nuestro hermano que su error o su pecado lo están dañando profundamente mientras dañan también a la comunidad.
El proceso de la corrección evangélica queda muy claro, como muy claro es para nosotros que exponerse a corregir a otro tantas veces puede reportar “un buen recoplon”, rechazo, acusaciones, calumnias e incluso algún modo de violencia por su parte. A pesar de todo, como él es responsable de sus actos y omisiones nosotros lo somos de las nuestras, y es pecar de omisión no corregir al que yerra por no exponernos a pagar la cuenta que se nos presentará por hacerlo. Eso es amarse más a uno mismo que al hermano o al Señor, es preferir que aquel por quien Cristo también dio la vida se perjudique o incluso se pierda a correr el riesgo de asumir lo que fuere necesario y asi poder recuperarlo para el Reino de Dios.
Aquí puede estar la falta de Moisés, pues, harto de las quejas y críticas de los israelitas porque no tenían pan, porque el mana no les gustaba, porque siendo esclavos de Egipto se comía mejor, etc, se quejó a Dios casi reprendiendole por haberle llamado a ser quien fue. Moisés hubiera preferido no ser el cauce de la liberación de Israel con tal de ahorrarse padecimientos y, quizá, ese amor a sí mismo le llevó a dejar apagarse en su alma el amor por el Señor Dios. Acojamos la parte de la explicación que nos sirva y, como con los zapatos, si es tu numero, calzatelo.