

[Mateo] “En aquel tiempo, Jesús dijo: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren.
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que viajáis por tierra y mar para ganar un prosélito, y cuando lo conseguís, lo hacéis digno de la “gehenna” el doble que vosotros!”.
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La clase sacerdotal y la elite religiosa de Israel no pasaban por su mejor momento en tiempos de Jesus. Los avisos y enseñanzas de Jesús al respecto hoy nos sirven para que los fieles no acepten cualquier reedición de vicios pretéritos por parte de sus sacerdores y para que éstos no se apalanquen en las bondades de su condición sino que se sirvan de todo para ser en la vida diaria lo que por vocación ya son.
El sacerdote cristiano no es alguien que, por su condición clerical, tenga un mayor poder o influencia sobre los demás ni tampoco una posición de relevancia y protagonismo al frente de la comunidad. La “podestas”, el poder, se consigue pero la “auctoritas”, la autoridad, hay que ganarsela porque solo los demas la reconocen y otorgan a quien lo merece.
El sacerdote ejercerá legítimamente su gran influencia sobre los fieles y será un relevante y significativo líder en su comunidad sí comprende de toda su vida está en función de los fieles a los que lidera y acompaña por amor a Jesucristo que se lo encargó y le consagró para semejante misión.
El acompañamiento espiritual por parte de los sacerdotes a los fieles debe ser una prioridad para el ministro de Dios pues para ello se ha preparado, habiendo sido liberado por su vocación de tantas cargas que soportan los demas para ser capaz y hasta idoneo para llevar a Dios a los hombres y a los hombres a Dios.
El acompañamiento ministerial a los fieles ha de ser un proceso basado en la escucha atenta, la empatía, y la guía hacia una relación más profunda con Dios. Los sacerdotes deben ser un puente entre Dios y el fiel, ofreciendo apoyo, discernimiento y consuelo en el camino de la fe. El sacerdote debe escuchar atentamente al fiel, buscando comprender sus inquietudes, alegrías y dificultades, sin juzgar. Es fundamental que el sacerdote se ponga en el lugar del fiel, mostrando comprensión y compasión por su situación particular cuando ésta es luctuosa o cuando menos complicada. El sacerdote debe ayudar al fiel a discernir la voluntad de Dios en su vida, ofreciendo consejo y recursos para crecer en la fe. El acompañamiento espiritual implica un apoyo continuo, tanto en momentos de alegría como de dificultad, brindando ánimo y esperanza.
Es crucial que el sacerdote mantenga la confidencialidad de lo compartido en el acompañamiento, generando un ambiente de confianza. Sólo el secreto sacramental de la confesión supera al secreto profesional que debe custodiar todas las comunicaciones personales del fiel a su acompañante.
El sacerdote debe respetar la libertad del fiel en su camino de fe, sin imponer sus propias ideas o creencias. Es un proceso de crecimiento y purificación conjunto en el que cada parte es mediacion del Espíritu Santo para la otra, y el sacerdote se santificara más y más en función de la medida de caridad pastoral con que se convierta en un guía que acompaña al fiel en su búsqueda de Dios como sacramento personal y vivo del Señor Jesús.
Cuándo “tu sacerdote” no responda a lo que debería ser para ti no le pongas “a los pies de los caballos” sino ponlo en tu altar personal, dónde tu oración lo sostendrá y tu oportuna y caritativa corrección fraterna le puede ayudar a responder mejor a su vocación mientras te ayuda a que respondas tú a la tuya.