

“¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo” (“Confesiones”).
Este texto de San Agustín es muy importante para todas las generaciones de cristianos porque, como en nuestro caso, muchas veces nos quedamos estancados en costumbres religiosas superficiales y somos confundidos por la insistencia de la ideología que nos acosa; necesitamos un testimonio y una referencia que nos pueda servir para encontrar un camino de más estrecha intimidad con Quien sabemos nos ama.
[Hebreos, de la oración de Laudes] “Acordaos de vuestros dirigentes, que os anunciaron la palabra de Dios; fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre. No os dejéis arrastrar por doctrinas complicadas y extrañas.”
San Agustín nos dice que no busquemos a Dios en las cosas que hacemos, por buenas que sean, ni en la satisfacción que nos puede reportar la hermosura de las criaturas. Nos invita a buscar a Dios en las cosas que Dios hace dentro de nosotros, para lo cual debemos dedicar tiempo al silencio orante y meditativo para así encontrarnos con Quién nos espera en nuestra más íntima intimidad.
Sólo conociendo a Dios dentro de nosotros, en el silencio y la oración podemos reconocerle y gozarle en toda la Creación. Este fue el camino de Agustín como también lo fue para Francisco y Clara de Asís y bien puede ser un camino idóneo para cada uno de nosotros (“Noli foras ire, in te ipsum redi”, no vayas fuera de ti, lee dentro de ti mismo, en tu conciencia, y cuando la descubras mudable y cambiante, busca la Verdad alli donde se encuentra sin cambio ni merma).