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Estamos ante quien hace de bisagra entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, portico de entrada para la vida nueva del Evangelio, el único santo de quien celebramos el día de su nacimiento a la vida eterna y el día de su nacimiento a la luz de este mundo. Lo más importante de este santo es que fue preparado desde el seno materno para ser la voz que disponía al pueblo para recibir a la Palabra (cf. Lc 1, 44). Una vez el Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros el Precursor, sabedor de su misión, comenzó a menguar para que el Cordero de Dios creciera pero nunca menguó su entrega por la verdad y la justicia. Eso lo llevó al martirio.

La grandeza del ser humano viene testimoniada por su hambre de plenitud y felicidad. Necesitamos disfrutar de todo, saberlo todo, evolucionar en todo. Ahora bien, cuando nuestra hambre de progreso se separa de la busqueda de la verdad y del respeto a la etica y a la justicia la evolución se convierte en involucion: un regreso a la ley de la selva.

Cualquier proyecto social o político que sea realmente una contribución al progreso no puede estar ayuno de una búsqueda de la verdad objetiva y permanente sobre el ser humano, la Verdad que nos manifiesta como radicalmente iguales, la Verdad que no cambia y que nos lleva a ser a nosotros lo que podemos ser; no la verdad minuscula de acuerdos y consensos interesados y torticeros que nos haran ser mas pequeños y miserables tras cada acuerdo. Ese es el camino del Evangelio, la búsqueda de la Verdad en fraternidad. Quien no quiera abrazarlo por lo menos abrace su contenido humanista porque la Verdad que manifiesta nuestra radical igualdad puede llegar a reconciliar todos los extremos, a excepción, claro está, de las ideologías perversas y los totalitarismos excluyentes.