HOMILÍA SOBRE JUAN 8, 21-30
“Si no creen, morirán en sus pecados”

El Evangelio de este martes de la V semana de Cuaresma nos introduce en un diálogo intenso entre Jesús y los fariseos. No es una conversación superficial: es un enfrentamiento entre dos maneras de entender la vida, entre lo “de abajo” y lo “de arriba”, entre la incredulidad y la fe.

Cristo pronuncia palabras que pueden parecer duras, pero que en realidad son una llamada urgente a la salvación:
“Si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados.”

Aquí no hay amenaza, sino advertencia amorosa. Jesús no quiere la muerte del pecador, sino que viva.

1. Primera clave: El drama de la incredulidad

Jesús afirma con claridad:
“Ustedes son de abajo, yo soy de arriba.”

No se trata de una distinción social o intelectual, sino espiritual. Vivir “de abajo” es encerrarse en una visión puramente humana, donde Dios queda excluido. Es vivir sin abrirse a la verdad que viene de lo alto.

El problema de los fariseos no es la ignorancia, sino la resistencia del corazón. Escuchan a Jesús, pero no creen.

La incredulidad no es solo falta de conocimiento; es, muchas veces, una negativa interior a aceptar la verdad cuando ésta incomoda.

San Agustín decía:
“No entienden porque no creen; no creen porque no quieren.”

Cuántas veces nosotros también nos cerramos a Dios cuando su palabra cuestiona nuestras seguridades.

2. Segunda clave: “Yo Soy” — la revelación de Cristo

Jesús utiliza una expresión central:
“Si no creen que Yo Soy…”

No dice simplemente “yo soy alguien”, sino “Yo Soy”, evocando el nombre mismo de Dios revelado a Moisés en el Éxodo.

Cristo no es solo un maestro o profeta: es el Hijo eterno, el Verbo encarnado. Creer en Él no es una opción secundaria, es el centro de la fe.

Aquí está el corazón del Evangelio: reconocer a Jesús como Dios que se ha hecho cercano.

San Atanasio enseñaba: “El Hijo de Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera participar de la vida divina.”

Rechazar a Cristo es cerrarse a esa vida. Acogerlo es entrar en la comunión con Dios.

3. Tercera clave: La cruz como revelación suprema

Jesús continúa:
“Cuando levanten al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy.”

La “elevación” de la que habla es la cruz. Lo que parece derrota será, en realidad, la manifestación más grande de quién es Él.

En la cruz se revela la identidad de Cristo: amor total, entrega absoluta, obediencia al Padre.

Allí se entiende todo.

San Juan Crisóstomo decía:
“La cruz es el trono desde donde Cristo reina.”

La fe cristiana no se comprende plenamente sin la cruz. Es allí donde se nos muestra que Dios no salva desde el poder humano, sino desde el amor que se entrega.

4. Cuarta clave: Permanecer en la palabra

Jesús afirma: “Yo hago siempre lo que le agrada al Padre.”

Aquí está el modelo de la vida cristiana: vivir en obediencia amorosa a Dios. No como una imposición, sino como una comunión.

Creer en Cristo implica seguir su palabra, permanecer en ella, dejar que transforme nuestra vida.

El Evangelio concluye diciendo que “muchos creyeron en Él”. La fe nace cuando el corazón se abre a la verdad y se deja tocar por la gracia.

Este Evangelio nos coloca ante una decisión fundamental:
¿vivir “de abajo” o vivir “de arriba”?
¿cerrarnos en nuestra lógica o abrirnos a la verdad de Cristo?

Jesús hoy nos dice: “No mueras en tu pecado… cree en mí.”

La Cuaresma es tiempo de fe renovada, de volver a Cristo con un corazón sincero. No basta conocer a Jesús; es necesario creer en Él, confiar en Él, vivir desde Él.

Porque solo en Él encontramos la vida verdadera.

Hoy el Señor nos invita a levantar la mirada: de lo superficial a lo eterno, de la duda a la fe, del pecado a la gracia. Y en el silencio del corazón, Él sigue repitiendo: “Yo Soy… no tengas miedo de creer.”

P. Antonio Majeesh,OFM