HOMILÍA DEL EVANGELIO DE SAN  JUAN 8, 51-59
“Antes que Abrahán existiera, Yo Soy”

El Evangelio de hoy nos sitúa en un momento de fuerte tensión entre Jesús y quienes lo escuchan. Sus palabras no dejan indiferente a nadie. No son suaves ni acomodadas: son reveladoras, profundas, y exigen una toma de postura.

Jesús no habla solo de ideas, habla de su identidad. Y eso es lo que provoca el conflicto. “En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre.” Estas palabras despiertan incomprensión, resistencia, incluso rechazo. Pero también abren una puerta inmensa: la vida eterna comienza ya, en quien acoge a Cristo.

Primera clave: Escuchar y guardar la Palabra
Jesús no dice simplemente “escuchar”, sino “guardar” su palabra. Guardar significa acoger, interiorizar, vivir. No basta oír el Evangelio; hay que dejar que transforme la vida.

Y la promesa es clara: “no verá la muerte para siempre.” No se refiere solo a la muerte física, sino a esa muerte interior que produce el pecado, el vacío, la falta de sentido. Quien vive según la palabra de Cristo ya participa de la vida de Dios.

Hoy podemos preguntarnos: ¿La Palabra de Dios ocupa un lugar real en mi vida o es solo algo que escucho de vez en cuando?

Segunda clave: La incomprensión del corazón cerrado
Los judíos reaccionan desde una lógica puramente humana:

“¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán?” No logran ir más allá de lo visible, de lo inmediato. Se quedan en la superficie. Cuando el corazón está cerrado, incluso la verdad más luminosa parece absurda. Jesús no entra en discusiones estériles. Él revela algo mucho más profundo: “Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio y se llenó de alegría.” Abrahán, hombre de fe, supo mirar más allá del presente. Supo confiar en las promesas de Dios. La fe abre horizontes; la cerrazón los limita. También nosotros podemos caer en esa actitud: querer entender a Dios solo desde nuestros esquemas, sin abrirnos al misterio.

Tercera clave: “Yo Soy” — la identidad de Jesús
Jesús pronuncia una de las afirmaciones más fuertes de todo el Evangelio: “Antes que Abrahán existiera, Yo Soy.” No dice “yo era”, sino “Yo Soy”. Con estas palabras, Jesús se revela con el mismo nombre con que Dios se manifestó a Moisés. Está afirmando su divinidad. No es solo un profeta, no es solo un maestro: es el Hijo de Dios. Por eso intentan apedrearlo. Han entendido perfectamente lo que está diciendo, pero no lo aceptan. El problema no es falta de claridad, sino falta de fe. Este Evangelio nos coloca ante una decisión profunda:

¿Quién es Jesús para mí? ¿Un personaje del pasado o el Señor de mi vida? Porque si Él es realmente el “Yo Soy”, entonces no podemos quedarnos indiferentes. La Cuaresma avanza y se acerca la Pascua. La liturgia nos invita a profundizar en el misterio de Cristo, a confrontarnos con su identidad. No basta admirarlo; estamos llamados a creer en Él, a seguirlo, a vivir según su palabra.

Hoy el Señor nos habla con fuerza y claridad. No busca convencer con argumentos, sino tocar el corazón. Que no cerremos el oído como aquellos que no quisieron entender. Que tengamos la fe de Abrahán, capaz de alegrarse en la promesa. Y que, guardando la Palabra, podamos ya gustar la vida que no termina.

Dirigido por:
Fray Antonio Majeesh George Kallely, OFM