
HOMILÍA SOBRE JUAN 11, 45-57
“Para reunir a los hijos de Dios dispersos”
El Evangelio de hoy nos sitúa después de la resurrección de Lázaro, uno de los signos más grandes realizados por Jesús. Este milagro provoca dos reacciones: muchos creen en Él, pero otros deciden eliminarlo. Así, mientras crece la fe en algunos corazones, también se endurece la oposición de quienes no quieren aceptar a Jesús. En medio de esta tensión, aparece una frase profética que revela el verdadero sentido de la misión de Cristo: reunir a los hijos de Dios dispersos.
Primera clave: La fe que nace de los signos
Muchos, al ver lo que Jesús hizo, creyeron en Él. Los signos de Jesús no son espectáculos, sino llamadas a la fe. Dios actúa en la historia para abrir nuestros ojos y conducirnos hacia Él.
Como decía San Ireneo de Lyon:
“La gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios.”
Cuando reconocemos la acción de Dios, nuestra fe se fortalece y nuestra vida cobra un sentido nuevo.
Segunda clave: El rechazo que nace del miedo
Los sumos sacerdotes y fariseos no niegan los signos, pero tienen miedo. Temen perder su poder, su seguridad, su control. Y ese miedo los lleva a rechazar a Jesús.
San Gregorio Magno enseñaba:“El corazón que se apega al poder terreno no puede acoger la verdad divina.”
El problema no es la falta de pruebas, sino un corazón cerrado. También nosotros podemos rechazar a Dios cuando sentimos que su voluntad nos exige renunciar a nuestras seguridades.
Tercera clave: Jesús muere para reunirnos
Caifás, sin saberlo, profetiza:“Conviene que uno muera por el pueblo.”
Y el Evangelio añade:“para reunir a los hijos de Dios dispersos.”
Jesús no muere por casualidad, sino por amor. Su muerte tiene un propósito: unir, reconciliar, salvar.
San Cirilo de Alejandría decía:“Cristo murió para reunir en uno a los que estaban divididos, haciendo de todos un solo pueblo en Dios.”En un mundo marcado por divisiones, Cristo es el que une, el que reconcilia, el que nos hace familia.
Este Evangelio nos invita a examinarnos: ¿somos de los que creen al ver las obras de Dios o de los que se resisten por miedo? Jesús ha venido para reunirnos, no para separarnos. La Cuaresma es tiempo de volver a la unidad, de sanar divisiones, de dejarnos reconciliar con Dios y con los demás.
Que no endurezcamos el corazón. Que no tengamos miedo de perder para ganar en Dios. Y que, acogiendo a Cristo, podamos formar parte de ese pueblo reunido en el amor.
Dirigido por:
Fray Antonio Majeesh George Kallely, OFM