HOMILÍA – Viernes Santo (San Juan 18,1–19,42)

En la contemplación profunda de la pasión según San Juan, se revela el misterio central de la fe cristiana: el amor redentor de Dios manifestado en la entrega total de Jesucristo. No estamos simplemente ante un relato de sufrimiento humano, sino ante la autoentrega del Hijo, que asume libremente la cruz como cumplimiento de la voluntad del Padre.

El Evangelio de Juan subraya que Jesús no es una víctima pasiva, sino el Señor de la historia. Desde el momento de su arresto hasta su muerte, todo sucede conforme a un designio salvífico. Cuando dice “Yo soy”, los soldados retroceden; cuando es elevado en la cruz, es al mismo tiempo glorificado. La cruz, entonces, no es fracaso, sino trono; no es derrota, sino exaltación.

Teológicamente, este día nos introduce en el misterio de la redención: Cristo, el Cordero sin mancha, quita el pecado del mundo mediante su sacrificio. Su costado abierto, del cual brotan sangre y agua, es signo de los sacramentos, especialmente la Eucaristía y el Bautismo, fuentes de vida para la Iglesia naciente. Allí se manifiesta que la salvación no es una idea abstracta, sino un don concreto que nace del amor llevado hasta el extremo.

Además, en la cruz se revela la profundidad del pecado humano —traición, injusticia, violencia— pero, sobre todo, la sobreabundancia de la gracia divina. Donde abunda el pecado, sobreabunda el amor. Jesús perdona, entrega su espíritu y confía plenamente en el Padre, mostrándonos el camino de la obediencia filial.

Este Viernes Santo nos invita no solo a contemplar, sino a participar interiormente en este misterio:
morir al egoísmo, cargar con nuestras propias cruces y unir nuestro sufrimiento al de Cristo.

La cruz nos enseña que el verdadero amor es oblativo, es decir, se dona sin reservas. Y desde esa entrega nace la esperanza: porque la cruz no es el final, sino el umbral de la Resurrección.

Que hoy, en el silencio sagrado de este día, aprendamos a reconocer en la cruz no solo el dolor, sino la gloria escondida del amor que salva.

Dirigido por:
Fray Antonio Majeesh George Kallely, OFM