HOMILÍA SOBRE JUAN 20, 11–18
“Jesús resucitado se manifiesta a María Magdalena”

Hoy, martes de la Octava de Pascua, la Iglesia nos invita a permanecer en la alegría del Resucitado, contemplando uno de los encuentros más conmovedores del Evangelio: el de Jesús con María Magdalena. San Juan nos presenta a una mujer que llora junto al sepulcro, que busca al Señor sin comprender aún que la vida ha vencido a la muerte. Y es precisamente en ese momento de dolor donde acontece la revelación.

Primera clave: El amor que busca incluso en la oscuridad
María Magdalena está llorando. Su corazón está herido, confundido, desorientado. No entiende lo que ha pasado. Sin embargo, permanece allí. No abandona. Busca.

Este detalle es profundamente humano: también nosotros, en momentos de dolor, de pérdida o de incertidumbre, podemos sentir que Dios está ausente. Pero el Evangelio nos enseña que quien busca con amor, incluso entre lágrimas, termina encontrando.

Como decía San Gregorio Magno: “Porque amaba mucho, perseveró en la búsqueda, y porque perseveró, mereció encontrar.”

Segunda clave: Jesús se revela personalmente
María no reconoce a Jesús al principio. Lo confunde con el hortelano. Pero todo cambia cuando Él pronuncia su nombre: “¡María!”

Ese llamado personal transforma todo. No es un encuentro anónimo, es íntimo. Jesús no solo ha resucitado: conoce a cada uno, nos llama por nuestro nombre, entra en nuestra historia concreta.

Así actúa también hoy: en la oración, en los sacramentos, en los momentos cotidianos. A veces no lo reconocemos, pero Él está presente, esperando que escuchemos su voz.

Como enseñaba San Agustín de Hipona:“Dios es más íntimo a mí que yo mismo.”

Tercera clave: Del encuentro a la misión
Después de reconocer al Señor, María quiere retenerlo, pero Jesús le dice: “No me retengas”. La experiencia del Resucitado no es para quedarse en uno mismo, sino para anunciar.

María Magdalena se convierte así en la primera testigo de la Resurrección, enviada a comunicar la Buena Noticia a los discípulos: “He visto al Señor”.

Esto nos recuerda que la fe no es solo experiencia personal, sino también misión. Todo encuentro verdadero con Cristo nos impulsa a compartirlo.

Como afirmaba San Juan Pablo II:“No tengan miedo de abrir las puertas a Cristo.”

Contemplar esta escena es dejarnos llamar también por nuestro nombre. Es pasar del llanto a la esperanza, de la confusión a la fe, del encuentro a la misión.

En esta Octava de Pascua, el Señor resucitado sigue saliendo a nuestro encuentro, especialmente en nuestras lágrimas y búsquedas. Él no nos abandona. Nos llama, nos levanta y nos envía.

Que, como María Magdalena, sepamos reconocer su voz, anunciar su presencia y vivir con la alegría de quienes han visto al Señor.

Dirigido por:
Fray Antonio Majeesh George Kallely, OFM