HOMILÍA SOBRE LUCAS 24, 35–48
“Vosotros sois testigos de estas cosas”
En este jueves de la Octava de Pascua, el Evangelio de San Lucas nos sitúa en el corazón mismo del misterio cristiano: el encuentro real con Cristo resucitado. Los discípulos aún viven entre el miedo y la duda, incapaces de comprender plenamente lo sucedido. Y es precisamente en ese contexto de fragilidad donde Jesús se hace presente, no como una idea o un recuerdo, sino como el Viviente que transforma la historia y el corazón humano.

Primera clave: La paz del Resucitado que transforma el miedo

Cuando Jesús se pone en medio de sus discípulos y les dice “Paz a ustedes”, no está pronunciando un saludo convencional, sino comunicando el don pascual por excelencia. Es la paz que brota de su victoria sobre la muerte y el pecado. Sin embargo, los discípulos reaccionan con temor e incredulidad, pensando que ven un espíritu. Esta escena refleja con gran profundidad nuestra propia experiencia: muchas veces Dios actúa en nuestra vida, pero nuestro corazón permanece cerrado por el miedo, la duda o la incapacidad de reconocer su presencia. Cristo no reprocha, sino que ofrece su paz como camino de transformación interior. Como enseñaba San Juan Pablo II, el encuentro con Cristo exige abrir las puertas del corazón y dejar que su presencia disipe nuestros temores más profundos.

Segunda clave: La Resurrección como realidad que fundamenta la fe

Jesús no solo habla, sino que muestra sus manos y sus pies, e incluso come delante de ellos. Estos gestos subrayan una verdad central de la fe cristiana: la resurrección no es simbólica, sino real y concreta. El mismo Jesús crucificado vive ahora con un cuerpo glorificado. Esta insistencia del Evangelio responde a una necesidad fundamental: afirmar que la salvación de Dios no ocurre en un plano abstracto, sino en la historia y en la realidad humana. La fe cristiana se sostiene sobre este acontecimiento decisivo. Como afirmaba San Agustín de Hipona, la resurrección de Cristo es el fundamento mismo de nuestra fe. Creer en Cristo resucitado significa reconocer que Dios ha intervenido definitivamente en la historia y que la vida ha vencido a la muerte.

Tercera clave: La comprensión de la Escritura y la misión del testimonio

El Evangelio alcanza su culmen cuando Jesús abre el entendimiento de los discípulos para comprender las Escrituras. Solo a la luz del Resucitado se revela el sentido pleno del plan de Dios: la pasión no fue un fracaso, sino el camino necesario hacia la gloria. Esta iluminación no es solo intelectual, sino existencial, porque conduce inmediatamente a la misión. “Ustedes son testigos de estas cosas”, les dice Jesús. La experiencia pascual no puede guardarse para uno mismo; exige ser anunciada. El discípulo se convierte en testigo cuando su vida refleja el encuentro con Cristo vivo. Como enseñaba San Jerónimo, conocer las Escrituras es conocer a Cristo, y ese conocimiento lleva necesariamente a comunicarlo. La Iglesia nace precisamente de este dinamismo: comprender, creer y anunciar.

Este Evangelio nos invita a dejarnos alcanzar por la presencia viva de Cristo, que sigue entrando en medio de nuestras dudas y miedos para ofrecernos su paz. Él nos revela el sentido profundo de la vida a través de su Palabra y nos envía como testigos de su resurrección en el mundo.

Que en esta Pascua podamos pasar del temor a la confianza, de la incredulidad a la fe viva, y de una fe pasiva a un testimonio valiente. Y que nuestra vida proclame con alegría: ¡Cristo vive y nosotros somos sus testigos!

Dirigido por:
Fray Antonio Majeesh George Kallely, OFM