“Señor mío y Dios mío”
Y en medio de ese encierro, Jesús resucitado se hace presente. No rompe las puertas, no irrumpe con violencia: simplemente “se puso en medio” y les dijo: “La paz con vosotros”.
Así actúa Dios: entra suavemente en nuestras vidas para regalarnos su paz.
Primera clave: Jesús entra en nuestros miedos
Los discípulos viven paralizados. El miedo los ha encerrado, los ha aislado, les ha robado la esperanza.
¿Cuántas veces también nosotros vivimos así? Cerrados por el miedo al futuro, a la incertidumbre, al sufrimiento.
Pero Jesús no se queda fuera. Él entra incluso cuando todo parece cerrado.
San Juan Pablo II repetía: “No tengáis miedo. Abrid las puertas a Cristo.”
Cuando dejamos que Cristo entre, el miedo no desaparece mágicamente, pero ya no tiene la última palabra. Su paz comienza a habitar en nosotros.
Segunda clave: La misericordia que brota de las heridas
Jesús muestra sus manos y su costado. No oculta sus heridas, sino que las convierte en signo de amor.
Esas heridas son la fuente de la misericordia. No son signo de derrota, sino de entrega.
En este Domingo de la Divina Misericordia, contemplamos que Dios no se cansa de perdonar, que su amor es más grande que nuestro pecado.
Santa Faustina Kowalska escuchó de Jesús estas palabras: “La humanidad no encontrará paz hasta que se dirija con confianza a mi misericordia.”
También nosotros estamos llamados a acercarnos sin miedo, con nuestras heridas, con nuestras caídas, sabiendo que Él nos acoge.
Tercera clave: De la duda a la fe
Tomás no estaba cuando Jesús se apareció por primera vez. Y cuando escucha el testimonio de los demás, no cree.
Quiere ver, quiere tocar, quiere pruebas.
Ocho días después, Jesús vuelve y se dirige directamente a él.
No lo rechaza, no lo humilla, sino que lo invita a acercarse.
Y entonces brota una de las confesiones de fe más hermosas del Evangelio:
“Señor mío y Dios mío.”
San Gregorio Magno decía: “La incredulidad de Tomás nos ha servido más que la fe de los otros discípulos.”
Porque en su duda, encontramos nuestro propio camino de fe.
Jesús también nos dice a nosotros: “Dichosos los que crean sin haber visto.”
Nuestra fe no se basa en ver con los ojos, sino en confiar con el corazón.
Queridos hermanos, hoy el Señor nos regala tres grandes dones:
Su paz, que vence nuestros miedos.
Su misericordia, que sana nuestras heridas.
Y la fe, que transforma nuestras dudas en encuentro.
Abramos las puertas de nuestro corazón.
Dejemos que su paz nos habite.
Acerquémonos con confianza a su misericordia.
Y, como Tomás, proclamemos con toda nuestra vida:
“Señor mío y Dios mío.”
Amén.
Dirigido por:
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM