HOMILÍA. SOBRE MARCOS 16, 9–15
“Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio”
En este sábado de la Octava de Pascua, el Evangelio de san Marcos nos presenta un contraste muy fuerte: por un lado, la incredulidad de los discípulos; por otro, la firme iniciativa de Cristo resucitado que no se cansa de salir a su encuentro.
 Jesús se aparece primero a María Magdalena, luego a otros discípulos, pero los Once no creen. Sus corazones están cerrados, atrapados en la tristeza y en la duda. Y sin embargo, el Señor no se detiene ante esa falta de fe: Él mismo se presenta y los envía.

Así es también con nosotros: Dios no espera a que tengamos una fe perfecta para confiarnos una misión.

Primera clave: La dificultad para creer
El Evangelio subraya varias veces la incredulidad de los discípulos. No aceptan el testimonio de quienes han visto al Resucitado.
Esto nos muestra que la fe no siempre es fácil ni inmediata. A veces también nosotros dudamos, necesitamos signos, buscamos seguridades.
Pero Jesús no rechaza a los discípulos por su incredulidad. Al contrario, sale a su encuentro y les ayuda a creer.
San Agustín decía: “Dios es paciente porque es eterno.”
El Señor tiene paciencia con nosotros. No se cansa de buscarnos, incluso cuando nuestro corazón está lento para creer.

Segunda clave: Cristo transforma la incredulidad en misión
Es sorprendente que, después de reprocharles su falta de fe, Jesús les confíe una tarea tan grande:
“Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda la creación.”
Esto significa que la misión no nace de nuestra perfección, sino del encuentro con Cristo.
Los mismos que dudaron, los mismos que no creyeron, son enviados a anunciar.
San Juan Crisóstomo afirmaba: “La gracia de Dios se manifiesta más en la debilidad humana.”
También nosotros, con nuestras limitaciones, somos llamados a ser testigos. No porque lo sepamos todo, sino porque hemos encontrado a Alguien que ha cambiado nuestra vida.

Tercera clave: Un anuncio para todos
Jesús no limita la misión: “a todo el mundo”, “a toda la creación”.
El Evangelio no es un mensaje para unos pocos, sino una buena noticia universal.
Esto nos interpela profundamente: nuestra fe no puede quedarse encerrada en lo privado. Está hecha para ser compartida.
Cada cristiano, desde su realidad concreta, está llamado a anunciar con su vida, con sus palabras, con sus gestos.
San Pablo VI decía: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros.”
Por eso, nuestra misión comienza en lo cotidiano: en la familia, en el trabajo, en los pequeños encuentros de cada día.

Conclusión
Queridos hermanos, en este tiempo pascual el Señor nos recuerda tres verdades fundamentales:
Que Él viene a nuestro encuentro incluso cuando dudamos.
Que transforma nuestra debilidad en misión.
Y que nos envía a todos a anunciar su amor al mundo entero.
Pidamos al Señor un corazón abierto para creer, una fe humilde que se deje transformar y un espíritu valiente para anunciar.
Que, como los discípulos, también nosotros pasemos de la incredulidad al testimonio, y llevemos la alegría del Resucitado a todos los rincones de nuestra vida.
Amén.

Dirigido por:
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM