
HOMILÍA SOBRE JUAN 3, 16–21
“Tanto amó Dios al mundo”
“Tanto amó Dios al mundo”
En este miércoles de la II semana de Pascua, el Evangelio de san Juan nos regala una de las frases más conocidas y profundas de toda la Escritura:
“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna.”
Estas palabras son el corazón del Evangelio. Nos revelan quién es Dios y cómo actúa: Dios es amor que se entrega.
“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna.”
Estas palabras son el corazón del Evangelio. Nos revelan quién es Dios y cómo actúa: Dios es amor que se entrega.
Primera clave: Un amor que toma la iniciativa
No es el hombre quien busca primero a Dios, sino Dios quien nos ama primero.
“Tanto amó Dios al mundo…”
No dice “a los buenos”, “a los perfectos” o “a los justos”, sino al mundo entero, con sus luces y sombras.
Dios no espera a que seamos dignos: nos ama tal como somos.
Como decía San Agustín: “Dios te ama como si fueras el único en el mundo.”
Este amor es gratuito, fiel, constante.
No es el hombre quien busca primero a Dios, sino Dios quien nos ama primero.
“Tanto amó Dios al mundo…”
No dice “a los buenos”, “a los perfectos” o “a los justos”, sino al mundo entero, con sus luces y sombras.
Dios no espera a que seamos dignos: nos ama tal como somos.
Como decía San Agustín: “Dios te ama como si fueras el único en el mundo.”
Este amor es gratuito, fiel, constante.
Segunda clave: Un amor que salva, no que condena
Jesús lo dice claramente:
“Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.”
Muchas veces tenemos una imagen equivocada de Dios, como si fuera un juez severo que está esperando nuestro fallo.
Pero el corazón de Dios es salvar, levantar, perdonar.
La condena no viene de Dios, sino del rechazo del amor, de cerrar el corazón a la luz.
Como enseñaba San Juan Pablo II: “El hombre no puede vivir sin amor.”
Cuando rechazamos a Dios, rechazamos la fuente misma de la vida.
Jesús lo dice claramente:
“Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.”
Muchas veces tenemos una imagen equivocada de Dios, como si fuera un juez severo que está esperando nuestro fallo.
Pero el corazón de Dios es salvar, levantar, perdonar.
La condena no viene de Dios, sino del rechazo del amor, de cerrar el corazón a la luz.
Como enseñaba San Juan Pablo II: “El hombre no puede vivir sin amor.”
Cuando rechazamos a Dios, rechazamos la fuente misma de la vida.
Tercera clave: Vivir en la luz
El Evangelio termina con una imagen muy fuerte: la luz y las tinieblas.
“La luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz.”
Jesús es la luz. Pero la luz incomoda cuando no queremos cambiar.
Vivir en la luz significa vivir en la verdad, en la sinceridad, en la transparencia delante de Dios.
No se trata de ser perfectos, sino de ser verdaderos.
El que obra el bien “va a la luz”, no tiene miedo, porque sabe que Dios no lo rechaza, sino que lo acoge.
El Evangelio termina con una imagen muy fuerte: la luz y las tinieblas.
“La luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz.”
Jesús es la luz. Pero la luz incomoda cuando no queremos cambiar.
Vivir en la luz significa vivir en la verdad, en la sinceridad, en la transparencia delante de Dios.
No se trata de ser perfectos, sino de ser verdaderos.
El que obra el bien “va a la luz”, no tiene miedo, porque sabe que Dios no lo rechaza, sino que lo acoge.
Queridos hermanos, hoy el Señor nos invita a acoger este gran mensaje:
Dios nos ama profundamente.
No ha venido a condenarnos, sino a salvarnos.
Y nos llama a vivir en la luz.
Abramos el corazón a su amor.
Dejemos que su luz ilumine nuestras sombras.
Y caminemos con confianza, sabiendo que somos amados.
Porque en ese amor está nuestra vida, nuestra esperanza y nuestra salvación. Amén.
Dios nos ama profundamente.
No ha venido a condenarnos, sino a salvarnos.
Y nos llama a vivir en la luz.
Abramos el corazón a su amor.
Dejemos que su luz ilumine nuestras sombras.
Y caminemos con confianza, sabiendo que somos amados.
Porque en ese amor está nuestra vida, nuestra esperanza y nuestra salvación. Amén.
Dirigido por:
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM