
VII DOMINGO DE PASCUA – ASCENSIÓN DEL SEÑOR (SOLEMNIDAD)
HOMILÍA SOBRE MATEO
28, 16–20
“Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”
En esta solemnidad de la Ascensión del Señor, contemplamos a Cristo que, después de su resurrección, asciende al cielo y se sienta a la derecha del Padre. No es una despedida triste, sino una proclamación de victoria. Jesús no se aleja, sino que inaugura una nueva forma de presencia y nos abre el camino hacia la vida eterna.
Primera clave: Cristo, Señor de todo.
Jesús declara: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.” Él es el Señor de la historia, el vencedor del pecado y de la muerte. Su Ascensión es la confirmación de que su misión ha llegado a su plenitud. Como enseñaba San León Magno, donde ha llegado la cabeza, estamos llamados a llegar también nosotros.
Segunda clave: Enviados a ser testigos.
Jesús no deja a sus discípulos inmóviles, sino que los envía: “Id y haced discípulos a todos los pueblos.” La Iglesia nace con una misión universal: anunciar el Evangelio, bautizar y enseñar. Esta misión no es solo para unos pocos, sino para todos los cristianos. Somos llamados a ser testigos en nuestra vida cotidiana, con palabras y obras.
Tercera clave: Una esperanza que sostiene.
La Ascensión no significa ausencia, sino esperanza. Jesús promete: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.” Además, nos deja la promesa del Espíritu Santo, que nos fortalece y nos guía. Vivimos en ese “ya, pero todavía no”: la obra de Dios ha comenzado, pero espera su plenitud. Como recordaba San Agustín de Hipona, nuestra vida está orientada hacia esa patria definitiva junto a Dios.
Cristo, el Verbo hecho carne, ha llevado nuestra humanidad hasta la gloria del Padre. Esto nos llena de confianza: nuestro destino no es la nada, sino la vida plena en Dios.
Queridos hermanos, hoy celebramos nuestra esperanza. La Ascensión de Cristo es también nuestra victoria. Vivamos con la mirada puesta en el cielo, pero con los pies en la tierra, cumpliendo la misión que el Señor nos ha confiado. Que esta contemplación de la misericordia de Dios sea para nosotros fuente de alegría y confianza. Amén.
Dirigido por:
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM