
“Este es el discípulo que ha escrito esto, y su testimonio es verdadero”
En este sábado que cierra la VII semana de Pascua, el Evangelio según san Juan nos sitúa en el final de su relato. Es un momento sereno, casi contemplativo, donde se nos recuerda la importancia del testimonio. La figura del discípulo amado aparece como signo de fidelidad y cercanía a Jesús.
Primera clave: Cada uno tiene su camino.
Pedro pregunta a Jesús por el destino del otro discípulo, pero el Señor responde: “¿A ti qué? Tú sígueme.” Con estas palabras, Jesús nos enseña que cada uno tiene una vocación única. No debemos compararnos ni distraernos con el camino de los demás. Lo importante es ser fieles a nuestra propia llamada.
Segunda clave: El valor del testimonio.
El Evangelio afirma: “Su testimonio es verdadero.” La fe cristiana se transmite a través de testigos. No solo con palabras, sino con la vida. El discípulo amado representa a quien ha vivido cerca de Jesús y puede dar testimonio de su amor. También nosotros estamos llamados a ser testigos en nuestro entorno.
Tercera clave: La grandeza inagotable de Cristo.
El Evangelio concluye diciendo que hay muchas otras cosas que hizo Jesús, tantas que “el mundo entero no podría contener los libros.” Esta expresión nos recuerda que el misterio de Cristo es infinito. Nunca terminamos de conocerlo plenamente; siempre hay más que descubrir, más que amar, más que vivir.
La primera lectura nos presenta a san Pablo en Roma, predicando con valentía y libertad. A pesar de las dificultades, su misión continúa. Es un ejemplo de fidelidad y perseverancia en el anuncio del Evangelio.
Queridos hermanos, hoy el Señor nos invita a seguirle con fidelidad, a no compararnos, a vivir nuestra vocación con autenticidad. Que nuestra vida sea un testimonio verdadero del amor de Cristo. Y que, como el discípulo amado, permanezcamos cerca del Señor, aprendiendo cada día de su corazón. Amén.
Dirigido por:
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM