
“El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir”
La Palabra de Dios de este día nos conduce al camino de Jerusalén. Jesús avanza decididamente hacia la pasión, mientras los discípulos todavía piensan en honores y primeros puestos. En medio de este contraste, el Señor revela el verdadero sentido del discipulado cristiano: servir con humildad y entregar la vida por amor.
El Evangelio nos invita hoy a contemplar a Cristo siervo, que camina hacia la cruz para salvarnos.
Primera clave: Jesús camina libremente hacia la cruz.
El Evangelio dice que Jesús iba delante de los discípulos subiendo a Jerusalén. Él sabe lo que le espera: sufrimiento, rechazo y muerte. Sin embargo, no retrocede. Camina con libertad y amor porque su misión es cumplir la voluntad del Padre. Mientras los discípulos sienten miedo y confusión, Jesús les anuncia nuevamente su pasión. La cruz no es un fracaso, sino el camino del amor total. Cristo entrega su vida para redimir a la humanidad.
También nosotros estamos llamados a seguir a Jesús no solo en los momentos fáciles, sino también en el camino de la entrega y del sacrificio cotidiano.
Segunda clave: El verdadero discípulo busca servir, no dominar.
Santiago y Juan piden ocupar los primeros puestos en el Reino. Todavía no comprenden que la grandeza según Dios es muy distinta de la grandeza del mundo. Jesús responde con claridad: “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor.” En el Reino de Dios, la autoridad no es poder para dominar, sino amor para servir. El cristiano está llamado a vivir con humildad, sencillez y espíritu de servicio en la familia, en la comunidad y en la Iglesia. Muchas veces buscamos reconocimiento, prestigio o aplausos, pero Jesús nos enseña que el verdadero camino es el servicio silencioso y generoso.
Tercera clave: Cristo entrega su vida para salvarnos.
Jesús concluye diciendo: “El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.”
Aquí encontramos el corazón del Evangelio. Cristo se hace servidor de todos y entrega su sangre preciosa por nuestra salvación, como nos recuerda también la primera carta de San Pedro. Hemos sido rescatados no con cosas materiales, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha. La cruz es la máxima expresión del amor de Dios. Quien contempla a Cristo crucificado descubre el verdadero sentido del amor, del servicio y de la entrega.
Queridos hermanos, hoy el Señor nos invita a revisar nuestro corazón. ¿Buscamos servir o ser servidos? ¿Vivimos la fe con humildad y entrega? Seguir a Cristo significa caminar con Él hacia Jerusalén, llevando cada día la cruz con amor y confianza.
Pidamos al Señor la gracia de ser discípulos humildes, servidores generosos y testigos del amor de Cristo en medio del mundo. Amén.
Dirigido por:
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM