MATEO 21, 33–43 “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”

En este XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, la Palabra de Dios nos presenta la imagen de la viña. En la Biblia, la viña representa al pueblo amado por Dios, cuidado con ternura y llamado a dar frutos de justicia, amor y fidelidad.

El profeta Isaías describe cómo el Señor preparó su viña con todo cuidado, esperando buenos frutos, pero encontró injusticia y violencia. Jesús retoma esta imagen en el Evangelio y nos habla de los viñadores homicidas, que olvidaron que la viña pertenece al dueño y quisieron apropiarse de ella.

Esta parábola no habla solo del pasado; también interpela profundamente nuestra vida hoy.

Primera clave: La vida es un regalo confiado por Dios.

La viña pertenece al Señor. Nosotros no somos dueños absolutos de la vida, sino administradores de los dones que Dios nos confía.

Muchas veces el ser humano vive como si todo le perteneciera: el tiempo, los talentos, los bienes e incluso las personas. Cuando olvidamos a Dios, nace el egoísmo, la soberbia y el deseo de controlar todo.

El Evangelio nos recuerda que todo lo que tenemos viene de Dios y debe dar fruto para el bien de los demás. Nuestra familia, nuestra vocación, nuestro trabajo y nuestra fe son parte de esa viña que el Señor nos ha confiado.

Segunda clave: Jesucristo es la piedra angular.

Jesús dice: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.” Cristo fue rechazado por muchos, pero Él es el fundamento verdadero de nuestra vida y de la Iglesia.

Hoy también existe la tentación de construir la vida sin Dios, apoyándonos únicamente en el poder, el dinero o el éxito. Pero toda construcción sin Cristo termina vacía y frágil.

Solo cuando Jesús ocupa el centro de nuestra vida encontramos sentido, paz y firmeza interior. Él es la piedra angular que sostiene nuestra esperanza.

Tercera clave: Dios espera frutos de humildad y amor.

El problema de los viñadores no fue solamente la desobediencia, sino la soberbia de creerse dueños de la viña. El orgullo endurece el corazón y destruye la comunión con Dios.

En cambio, la humildad es la tierra buena donde pueden crecer los frutos del Evangelio. Dios espera de nosotros frutos concretos: amor, misericordia, justicia, servicio, oración y fidelidad.

San Pablo nos invita hoy a vivir en paz, pensando en todo lo bueno, noble y verdadero. Cuando dejamos que Dios sea verdaderamente el Señor de nuestra vida, comenzamos a dar frutos abundantes.

Queridos hermanos, hoy el Señor nos pregunta: ¿qué frutos está dando nuestra vida? ¿Vivimos como dueños o como servidores de la viña de Dios?

Pidamos la gracia de permanecer unidos a Cristo, piedra angular de nuestra existencia, y de vivir con humildad y generosidad al servicio del Reino.

Que nuestra vida produzca frutos de santidad para gloria de Dios y bien de los hermanos.

Amén.

Dirigido por:
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM