Lc 12, 49-53 “He venido a prender fuego en el mundo.”

Queridos hermanos y hermanas en el Señor: PAZ Y BIEN

El Evangelio de hoy contiene unas palabras fuertes y sorprendentes de Jesús: “He venido a prender fuego en el mundo” y también: “No he venido a traer paz, sino división.” A primera vista estas palabras pueden parecernos difíciles, porque Jesús es el Príncipe de la paz. Pero el Señor no habla de violencia ni de odio; habla del fuego del Espíritu Santo, del fuego del amor de Dios que quiere transformar el corazón humano.

El fuego en la Biblia simboliza la presencia viva de Dios. Es el fuego que purifica, ilumina y da calor. Jesús no quiere una fe fría, superficial o acomodada. Él desea encender en nosotros un corazón ardiente de fe, amor y entrega. Muchas veces vivimos una vida cristiana rutinaria, sin entusiasmo espiritual, dejando que el cansancio y la comodidad apaguen nuestra relación con Dios. Por eso Cristo viene a renovar nuestra vida interior y a despertar nuestro corazón.

El Evangelio también nos recuerda que seguir verdaderamente a Cristo exige una decisión. La verdad del Evangelio no siempre será aceptada por todos. A veces vivir la fe con coherencia provoca incomprensiones, críticas e incluso divisiones dentro de la sociedad o de la familia. Jesús no busca dividir por destruir, sino que nos invita a elegir entre vivir según el Evangelio o vivir según los criterios del mundo. Seguir a Cristo implica valentía, fidelidad y compromiso.

Hoy recordamos también la memoria de San Juan Pablo II, gran testigo de fe y valentía en el mundo contemporáneo. Él repetía constantemente:

“¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!”

San Juan Pablo II enseñó que una fe auténtica transforma la vida y nos llama a defender la dignidad humana, la verdad y la esperanza cristiana. Su vida fue un ejemplo de amor apasionado por Cristo y por la Iglesia.

La primera lectura nos ofrece una imagen preciosa. San Pablo pide que el amor sea nuestra raíz y nuestro fundamento. Solo cuando estamos arraigados en el amor de Cristo podemos permanecer firmes en medio de las pruebas. El amor de Dios da sentido a nuestra vida, fortalece nuestro corazón y nos ayuda a vivir con esperanza incluso en tiempos difíciles.

Como decía San Agustín:

“Quien ama, arde.”

Cuando el corazón ama verdaderamente a Dios, vive lleno de luz, alegría y entrega.

Queridos hermanos, hoy el Señor nos invita a dejarnos encender por el fuego de su amor. No tengamos una fe apagada o tibia. Pidamos un corazón ardiente, capaz de amar, servir y vivir el Evangelio con valentía y fidelidad. Que el Espíritu Santo renueve nuestra vida y nos ayude a ser testigos alegres de Cristo en medio del mundo.

Y que San Juan Pablo II interceda por nosotros para que nunca tengamos miedo de seguir al Señor con todo el corazón.

Amén.

Dirigido por:
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM