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[Mateo] “Se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Por qué les hablas en parábolas?
Él les contestó: A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen.En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.”
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La expresión “Economía de la Salvación” hace referencia a la  procesualidad de la acción del Dios Creador a lo largo de Su historia con nosotros, una historia que Él inició, y a la gradualidad de Su Revelación. La frase de Jesús “Muchas cosas tengo aún por deciros pero no podrías cargar con todas. Cuando venga Él, el espíritu de la Verdad que procede del Padre, Él os lo explicará todo”, es la manifestación expresa y llena de autoridad de esa procesualidad, de esa gradualidad en la acción del “Dios-con-nosotros” en nuestro favor.

El ser humano recién creado era “un verdadero bebé” en lo relativo al desarrollo de sus capacidades humanas y a la sabiduría del arte de vivir,  pero esa natural bisoñez venía suplida con las gracias y dones preternaturales con los que el Creador envolvió entre algodones a Su criatura, unos algodones que fueron empapados en herrumbre y hollín por el pecado original. El Señor Dios, con la economía de la salvación, toma de la mano a esa criatura humana herida e hiriente para enseñarle a caminar por el sendero de una “vida buena”, que no suele coincidir con el de “la buena vida” con la que suele tentarnos siempre el pecado.

Quien era solo un “Bon vivant” comienza ahora a recibir la enseñanza que le devolverá a la condición de amigo de Dios, como antes del Pecado, para ser desde ella elevado a la de hijo de Dios en Cristo y por Él bajo las mociones e inspiraciones del Espíritu de la Verdad que nunca le dejará solo.

Desde los tiempos tan sumamente primitivos y a menudo salvajes del patriarca Abraham -síglo diecinueve antes de Cristo- hasta el nacimiento de Jesús, la Revelación guía al que es su receptor, la humanidad, en un camino ascendente de humanización en el que los retrocesos y tropiezos no son pocos aunque siempre son más los nuevos comienzos en el afán del Creador por desarrollar Su obra primera enseñando al ser humano a serlo siendo hermano, hasta hacerlo capaz de descubrir y recibir en radicalidad esa vida por llegar a ser hijo de su Creador y guía.

Como en todo proceso educativo y formativo, los conceptos y contenidos se van abordando en orden creciente de complejidad y desarrollo, apoyándose la enseñanza de cada nueva noción en la de las anteriores con pedagogía, paciencia, disciplina y una rectitud no carente de la ternura que precisa quien lo tiene todo o casi todo por aprender. Esto es lo que vemos en el evangelio de hoy, la ternura de un Jesús que sabe que habla a “bebés humanos” y que, tanto quienes le escuchan “a la cara” como quienes lo hacen a hurtadillas y con aviesas intenciones, necesitan que se despierte en ellos el deseo por algo mejor, el interés, la motivación, la nostalgia por una vida en la que todo sea más sencillo y, así, más auténtico y mejor. ¿No estamos nosotros en ese mismo punto? Acojamos la maternalidad de la pedagogía de Dios y aspiremos, de una vez, a dejar de ser menores de edad en la fe.