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[Mateo] “En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.”
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La sinfonía más deliciosa y extraordinaria si es reproducida en bucle, como un hilo musical, pronto deja de ser audible porque sus antes atentos oyentes se han acostumbrado a su belleza y ya no les llama la atención. Aun el lienzo más maravilloso, colocado en la parte más visible de nuestro salón, deja de ser tan visible cuándo ya ni lo miramos; total, siempre está ahí. La costumbre nos hace ciegos y sordos a los tesoros que tenemos a nuestro alcance e, incluso, a las personas que amamos, también ante Jesucristo y Su Evangelio. Abramos los ojos y los oídos ante el texto evangélico de hoy, como si fuera nuevo, como si no nos lo supiéramos de memoria, a ver si sus notas mas delicadas o sus pinceladas más finas nos pueden soprender hoy.

Se nos habla de un tesoro escondido, el Reino de Dios, un tesoro que no está en lo alto de una montaña o en lo profundo de una cueva sino en el campo, en la vida. Está escondido a nuestros ojos porque no lo buscamos. Pasamos y pisamos por encima sin darnos cuenta pero ese tesoro vivo hace por darse a conocer. El hombre de la parábola, al descubrir ese importante tesoro que no buscaba hace lo que todo el mundo haría, pero eso implica vender todo, desprenderse de lo que ya no tiene tanto valor como antes bajo la luz del tesoro recién encontrado.

Si el tesoro ya estaba en la vida, entonces cada día y cada instante de tu vida comienza a tener un nuevo valor. El Reino te busca, Dios se siembra en tu campo, en tu vida, y se hará el encontradizo mil veces para que, en algún momento, lo veas porque te detengas a mirarlo primero para valorarlo después. Por eso la santidad consiste en vivir 60 segundos cada minuto, vivir con los cinco sentidos del alma y del cuerpo alerta y mirando a lo alto, porque Jesús pasa y solo hay que rebelarse a vivir “con el piloto automatico” para apercibirnos de ello.

La segunda parábola de hoy es semejante a la primera pero hay una diferencia importante. Ahora se trata de un mercader de perlas y su profesión consiste en buscarlas. Aquí el descubrimiento del Reino no es causalidad sino que es fruto de una intencionada y perseverante búsqueda. El detalle a subrayar ahora es la capacidad de reconocer el valor de lo que se encuentra mientras se busca. El profesional de la parábola no yerra, conoce el valor de la belleza auténtica y, cuando la ve, no pasa de largo.

En la primera parábola es Cristo el que pasa; en la segunda el que pasa eres tú. Cultiva tu capacidad para discernir lo bueno, lo bello, noble y recto, lo verdadero para no pasar de largo cuando lo tengas ante ti ni confundirlo con cualquier ídolo digno de un zoco polvoriento; entrenate como profesional de esa búsqueda de plenitud con la santa paz de saber que quien te dará esa feliz plenitud que llamamos santidad ya te está buscando a ti pues tu eres Su tesoro, la niña fe Sus ojos, la perla mas preciosa de Su corona y Él nunca pasará de largo ante ti. No lo hagas tú con Él.