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Ninguna fiesta cristiana tiene más protagonista que Jesucristo. Las fiestas de Nuestra Señora nunca tienen sentido por si mismas porque ella no es la protagonista central de su propia historia ni de la historia de la salvación. Dios es ese protagonista al que ella cede el centro de la escena. Así María alcanza su descomunal estatura como ser humano y como creyente. Empezamos con “tarea para casa”: huir del egocentrismo para centrarnos en Dios y en Él encontrar nuestro “yo” más auténtico, a fuerza de buscarle a Él y Su Voluntad, no la nuestra.

Celebrar la Asunción de María señala directamente a la Ascensión de Jesucristo. Mirándole a Él y mirando después a María, asunta al cielo en cuerpo y alma, podemos comprender un poco mejor y en primera persona que la resurrección de la carne no es sólo para Jesucristo sino que también es para nosotros, como lo fue para ese ser humano que es la Madre de Dios.

Mirando a María, glorificada tras finalizar su itinerario en este mundo y asunta al cielo en cuerpo y alma, podemos entender más profundamente que llevar una vida cada vez más semejante a la de Jesús nos hace avanzar por su Camino, un Camino que atraviesa el umbral del “más allá” a través de la muerte y nos conduce hacia el paso definitivo -la resurrección- para compartir la misma vida de nuestro Señor en la vida eterna si la compartimos antes en la vida temporal.

Una vida evangélica no es simplemente una vida cultual y piadosa sino que el Evangelio se concreta en cada aspecto de la vida del ser humano dándole calidad y hondura sobrenaturales, también a la muerte, que ha sido definitivamente vencida en la Resurrección de Jesucristo como nos muestra la Asunción de María, glorificada en cuerpo y alma.