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[Hebreos] “Teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús.”

[Lucas] “He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!
¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división.”
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Muy llamativas nos resultan estas palabras de Jesús por lo difícilmente conciliables que resultan respecto del rostro comprensivo y pacífico que solemos presentar de El, a veces percibiendolo y presentándolo casi como “un abuelete en zapatillas” al que poder birlar la calderilla del bolsillo de la bata. Es justa y necesaria la presentación de Jesús como el Cordero manso y humilde pero sin dejar de contemplar por ello cómo confronta a escribas y fariseos para abrir una grieta en la armadura de soberbia con barniz religioso con la que se mantenían al margen de la Palabra de Vida del Salvador.

Una sociedad como la nuestra, como la de tantos otros momentos de la historia, en la que se da la espalda al mensaje de la Revelación de Dios es una sociedad en la que todos van quedando unidos por la iniquidad compartida, rehenes de un tóxico polvillo en suspensión que los va reclutando a todos para llevar una vida según dicta el sistema social y no según la conciencia moral de quienes aún conserven un criterio propio.

En medio de esta unidad malsana, que no es sino uniformidad en la injusticia y en una inmoralidad en expansión, unidad en lo tosco y vulgar, el mensaje del Evangelio siembra división e incluso enfrentamiento porque atrae a los más sensibles hacia la excelencia de una vida que tienda al amor y a la justicia, al servicio y a la solidaridad, poniéndolos “a los pies de los caballos” porque serán señalados y combatidos con saña por quienes no acepten la interpelacion de la Luz que se refleja en ellos sino que optan por perseverar sumidos en la espesa penumbra social, como uno más que sostiene y perpetua lo peor de dicha sociedad.

Desde todo esto, releamos y meditemos la cita de la carta a los Hebreos y examinemonos, examinemos hasta donde se nos ha introducido  en la conciencia y en el corazón el polvillo tóxico en suspensión de la ideología de esta sociedad para poder buscar la desintoxicación y el antídoto contra el relativismo moral y la cultura materialista de la muerte. Pidamos a Dios nos inocule una generosa medida de gracia que nos mueva a encarnar y entregar un amor que propicie el cuidado delicado y atento de los demás, así como el respeto a toda vida humana que comienza siempre por propiciar que los demás pueden tener algo más de alegría y esperanza por haberse cruzado con ese versículo del Evangelio que puede ser nuestra propia forma de vivir y de tratarles.