ESCÚCHALA AQUÍ


[Mateo] “En aquel tiempo, se acercó uno a Jesús y le preguntó: Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno, para obtener la vida eterna?
Jesús le contestó: ¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.
Él le preguntó: ¿Cuáles?
Jesús le contestó: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo».
El muchacho le dijo: Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?
Jesús le contestó: Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo.”
———-
Los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, también llamados “Ley Natural”, que Yahveh entregó a Moisés en la cima del monte Sinaí están presentes en la mayor parte de las grandes religiones de la historia. Las diferencias se encuentran en la motivación y en la orientación pero tanto en el Budismo como en el Islam o el Sintoismo y el Hinduismo e incluso en importantes tradiciones filosoficas como el Estoicismo se pueden encontrar los contenidos de esos mandamientos a través de principios éticos y morales fundamentales.

Estos mandamientos, principios éticos y morales están presentes en las religiones de los últimos cuatro mil años porque concretan los mínimos por debajo de los cuales no hay forma de vivir verdaderamente humana, digna, una forma de ser humano que encuentre en la armonía, en la pureza, en la honestidad la senda por la que realizar la dimensión social y comunitaria de nuestro ser en la realización de nuestra individualidad personal. En la tradición judeocristiana estos contenidos están encabezados por los mandamientos que ponen a la persona en relación con Dios, principio, motivación y orientación de todos los demás.

En Jesucristo estos mínimos de la Ley Natural revelada en el Antiguo Testamento no solamente se confirman y se renuevan sino que se sobre elevan hacia los máximos a los que debe tender quién crea en el Dios que en el Señor Jesús se nos revela. Las Bienaventuranzas son esos mandamientos llevados a su extremo más alto y noble porque ellas son el autorretrato de Cristo que Él nos presenta y nos desgrana a lo largo del Sermón de la Montaña (Mt 5-7) para que, movidos por el amor a Dios y a nuestros prójimos, propiciemos que la gracia plasme en nuestro vivir alguno de los rasgos del vivir de Jesús.

Sí ser cristiano significa anhelar y procurar un seguimiento e imitación de Cristo más íntimo progresivamente,  repasemos hoy las Bienaventuranzas y el Sermón de la Montaña para reconocer qué cosas, sentimientos, hábitos o incluso personas se han convertido para nosotros en un ídolo, en un lastre que nos dificulta transparentar la faz de Cristo en la nuestra. Esas son las torpes  possesiones que el Señor nos pide hoy abandonar para poder ser cada vez más suyos, más cómo es Él.