

[Lucas] “En aquel tiempo, Jesús pasaba por ciudades y aldeas enseñando y se encaminaba hacia Jerusalén. Uno le preguntó: Señor, ¿son pocos los que se salvan?
Él les dijo: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: Señor, ábrenos”; pero él os dirá: No sé quiénes sois.
Entonces comenzaréis a decir: Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.
Pero él os dirá: No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”.
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Una dificultad que presenta este tiempo nuestro como ningún otro para propiciar la acogida del mensaje cristiano y el encuentro personal con Jesucristo es que el hombre moderno tiene conciencia de ser un hombre hecho a sí mismo, de ser alguien tan poderoso que, con la ciencia en una mano y el martillo destructor de la ética en la otra, puede aspirar a curarlo todo y a prolongar la vida disponiendo de ella, de su inicio y de su final, como si quien maneja la ciencia y extingue la moral fuera el creador y el señor absoluto de la vida humana que manipula, sobre todo, lógicamente, señor y rector de la vida de los demás.
Una consecuencia de tantas décadas de materialismo creciente es cómo el ser humano se concibe a sí mismo cómo solo materia, como un conjunto de sustancias químicas, impulsos eléctricos y elementos orgánicos en relación y reacción desde los que se explican todos los sentimientos, emociones y opciones de la persona, siendo así posible influir y controlarlos, claro, mirando a la mejora de la especie y al bien común.
En otro tiempo -y también hoy en éste por muchos a los que se trata de silenciar en los medios y redes- todas esas experiencias emocionales y psicologicas eran calificadas como reacciones, mociones y opciones que movian a la persona desde su esfera espiritual. Como cada persona es una realidad enteriza, un conjunto complejo de corporeidad, mente y espíritu, lo espiritual podía sublimar e incluso sanar lo psicológico teniendo un influjo notorio y notable en lo corporal. No es que, por ejemplo, el enamoramiento y las opciones más radicales que se toman por amor sean consecuencia de la serotonina y la dopamina que genera el cerebro sino que ese evento espiritual que es el amor mueve las emociones, focaliza la psicología y afecta a lo corporal, produciendo cambios en todos los elementos que forman parte de esa persona que está viviendo la experiencia espiritual de vivir desde el amor.
Si el hombre es solo materia y la carambola cósmica que lo ha hecho empezar a existir le ha dotado de la inteligencia para conocer las leyes de la materia y manipularlas a su antojo -también las leyes de la materia que es cada ser humano- entonces todo lo que sea posible hacerse con la técnica y la ciencia puede hacerse; total, la ética se la da el hombre a si mismo, por lo que puede modificarse a voluntad en aras de hacer posible todo lo que la ciencia ponga ante ese diosecillo desnortado y dramáticamente sólo que es el humano que cuando se mira y mira a sus semejantes solo ve células, sustancias quimicas e impulsos eléctricos con los que explicarlo todo y con los que aspirar a todo, a todo menos a existir con un sentido vital que le trascienda a sí mismo y disuelva la soledad en la que le sume el poder divino que arrebata al Creador mientras la criatura se erige en Señor de vida y de muerte a la que no hay nadie que pueda parar.
¿Pondrán la técnica y la ciencia proporcionarnos la salvación de ese proceso de autodestrucción humana por el que avanzamos? ¿Pueden la ciencia y la técnica llevarnos a conocer nuestra entraña más profunda en aras de poder vivir con esperanza e ilusión por ser mejores, más felices y buenos, miéntras aspiramos a hacer mejor este mundo llamado por quien lo creó a ser una antesala del cielo y no un bosquejo del infierno para tantos de quienes lo habitan? No, un ideal tan alto y una existencia tan noble y egregia están fuera del alcance de quienes hacen del materialismo su credo y de ocupar el lugar de Dios su afán. Esa salvación es imposible de lograr para los hombres que niegan a Dios o que viven como si no existiera. Sólo Dios puede hacernos tan grandes, significantes y alternativos como para que otros puedan mirarse a sí mismos y mirar a los demás de una forma semejante a como Dios los mira. Solo Dios puede, solo Dios. Centremos nuestra vida en Él y hagamos posible que Él nos convierta en lo que soñamos llegar a ser.