
“Mi paz os doy”
En este martes de la V semana de Pascua, el Evangelio según san Juan nos presenta una de las promesas más consoladoras de Jesús en la Última Cena: “La paz os dejo, mi paz os doy.” En un momento marcado por la inquietud y la tristeza de los discípulos, el Señor les regala una paz distinta, profunda y duradera. No es una paz superficial, sino un don que nace del amor de Dios y que permanece incluso en medio de las dificultades.
Primera clave: La paz de Cristo no es como la del mundo.
Jesús lo dice claramente: “No os la doy como la da el mundo.” La paz del mundo depende de circunstancias externas: la ausencia de problemas, el bienestar material o la seguridad humana. En cambio, la paz de Cristo nace del interior, de la confianza en Dios. Es una paz que puede coexistir incluso con la cruz, porque está fundada en la certeza de que Dios nunca nos abandona. Como enseñaba San Francisco de Asís, la verdadera paz brota de un corazón reconciliado con Dios.
Segunda clave: Un corazón sin miedo ni turbación.
Jesús invita: “Que no se turbe vuestro corazón ni tenga miedo.” El miedo paraliza, inquieta y debilita la fe. Pero el discípulo de Cristo está llamado a vivir con confianza, sabiendo que el Señor ha vencido al mundo. Esta paz es fruto de la presencia de Dios en nosotros. Cuando dejamos que Él guíe nuestra vida, el corazón encuentra descanso. Como recordaba Santa Teresa de Jesús: “Nada te turbe, nada te espante; quien a Dios tiene nada le falta.”
Tercera clave: La paz nace de la confianza en el amor del Padre.
Jesús habla de su partida hacia el Padre y afirma: “El Padre es más grande que yo.” Estas palabras nos invitan a confiar plenamente en el plan de Dios, incluso cuando no lo comprendemos del todo. La paz verdadera surge cuando aceptamos con fe que la voluntad del Padre es siempre buena y conduce a la vida. Jesús mismo vive esta confianza total, y nos enseña a abandonarnos en las manos de Dios.
La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, es portadora de esta paz en medio del mundo. Cada cristiano está llamado a ser instrumento de paz, llevando consuelo, reconciliación y esperanza a los demás.
Queridos hermanos, hoy el Señor nos ofrece su paz. No una paz pasajera, sino su propia paz, la que brota de su amor y de su victoria sobre el mal. Acojámosla en nuestro corazón, confiemos en Él y seamos testigos de esa paz en nuestra vida cotidiana. Amén.
Dirigido por:
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM