HOMILÍA SOBRE JUAN 14, 15–21
“Le pediré al Padre que os dé otro Paráclito”

En este VI Domingo de Pascua, el Evangelio según san Juan nos sitúa nuevamente en el clima profundo de la Última Cena. Jesús habla a sus discípulos con ternura y firmeza, anunciándoles un don inmenso: el Espíritu Santo, el Paráclito, que permanecerá con ellos para siempre. No los deja solos, sino que les promete una presencia viva que los sostendrá en su misión.

Primera clave: Amar a Cristo es vivir sus mandamientos.
Jesús afirma: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos.” El amor a Cristo no se queda en palabras o sentimientos, sino que se traduce en una vida concreta. Amar es obedecer, es vivir según su enseñanza, es reflejar su amor en nuestras acciones. Así lo entendieron los primeros discípulos, que no solo escuchaban la Palabra, sino que la hacían vida en su día a día.

Segunda clave: El Espíritu Santo, presencia viva de Dios.
Jesús promete: “Le pediré al Padre que os dé otro Paráclito.” El Espíritu Santo es el gran don de la Pascua, la presencia de Dios en nosotros. Él es quien fortalece, guía y anima la vida cristiana. Gracias a Él, los discípulos pudieron hacer las mismas obras de Jesús: sanar, liberar, llevar esperanza. Como vemos en la vida de San Felipe el Diácono, el Espíritu actúa especialmente allí donde hay necesidad, llevando consuelo a los más olvidados.

Tercera clave: Testigos con mansedumbre y esperanza.
Los primeros cristianos no solo realizaban signos, sino que también daban razón de su fe con sencillez, respeto y buena conciencia. Imitaban a Cristo en su forma de amar y de servir. Este testimonio no era fruto del esfuerzo humano solamente, sino de la acción del Espíritu en ellos. Como enseñaba San Pedro Apóstol, estamos llamados a dar razón de nuestra esperanza con mansedumbre y respeto.
El Espíritu Santo hace posible que la fe no sea solo recuerdo, sino vida presente. Él actualiza en nosotros las palabras y las obras de Jesús, y nos impulsa a vivir el amor de Dios en lo concreto.

Queridos hermanos, hoy el Señor nos invita a abrir el corazón al Espíritu Santo. A dejar que Él actúe en nosotros, que transforme nuestra vida y nos haga testigos de su amor. Que esta verdad nos llene de alegría y de paz, y que vivamos cada día como discípulos que aman, sirven y anuncian. Amén.

Dirigido por:
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM