A menudo todos nos encerramos en el lamento por las dificultades laborales, económicas o familiares, las más importantes, sin tener demasiado en cuenta todo lo que nos favorece y cómo hay tantas personas con situaciones mucho peores y por quiénes podríamos hacer algo más.
“A cada uno le duele su dolor” pero éste se refuerza, se subraya y multiplica cuando nos centramos sólo en él, sin levantar la mirada del propio ombligo para mirar las heridas de los demás. A fuerza de autocompasión se endurece el corazón por carencia de compasión con los males ajenos. “Dijo Dios a Jonas: Tú te lamentas por el ricino, y yo, ¿no voy a sentir la suerte de Nínive, la gran ciudad?”.
[Lucas] “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.
El les dijo: -Cuando oréis, decid: «Padre…”.
Dios es Amor interpersonal, comunión, alteridad, y a Su imagen y semejanza fuimos creados. Por consiguiente, salir de uno mismo y entregarse con amor para aliviar los males ajenos sin absolutizar los propios es “ser hijo”, es nuestro “yo” más auténtico, el perfil más noble y elevado de “ser humano” que progresivamente convierte nuestra limitada humanidad personal en una réplica de la divina humanidad de Jesucristo.
La compasión entregada por el bien de otros es sabiduría para afrontar los propios males y fortaleza para soportarlos pues vivir como hermano de los demás nos conduce a vivirlo todo como hijos del Padre nuestro, que permanece con nosotros más cuánto más lo necesitamos…