Centrándonos en la obra de Dios en el Santo, en lo que es carisma y revelación en él para nosotros, miremos a los signos principales que definen la vida franciscana de San Pedro y de los alcantarinos según las líneas teológico-espirituales de su tiempo; apuntemos los ejes teórico-prácticos de su espiritualidad.

– El primado de la relación con Dios

La oración es el tema dominante y la gran prioridad. San Pedro, antes que un teórico de la contemplación es un hombre de experiencia que, por la oración continua, la vigilancia interior y el amor llega a la “altísima contemplación”.

Fiel a la tradición franciscana y haciéndose eco de una de las grandes afirmaciones del humanismo naciente, como es la subjetividad, San Pedro afirma la relación con Dios destacando su dimensión afectiva de encuentro gratuito, amoroso, contemplativo y obediente con Dios, y que será objeto de nuestro estudio.

Será su experiencia profunda de lo cristiano la que mantenga su magisterio lejos de todo intimismo religioso y de todo quietismo, uniendo estrechamente experiencia espiritual y praxis. Muestra de ello son los avisos de la segunda parte del Tratado en donde pone en guardia frente a toda reducción de la experiencia espiritual a la oración, y recordando que ésta es tan determinante como insuficiente.

– El radicalismo evangélico como la forma del seguimiento de Cristo

Experiencia de San Pedro es que nada madura más que la incondicionalidad del amor, y esta incondicionalidad se va a manifestar en el radicalismo evangélico, eje de su experiencia espiritual.
El radicalismo evangélico lo traduce en un protagonismo de la pobreza y humildad en todos los aspectos, como hemos visto anteriormente. Aspectos que adquieren su sentido o lectura positiva contemplados a la luz de Dios como “suficiencia” y “todo bien”, y de la identificación con la pobreza y humildad de Cristo.

San Pedro hace de la pobreza no sólo el fundamento de la Orden, sino también el fundamento de la espiritualidad, recordando que no hay seguimiento de Cristo sin una opción por las exigencias límite del Evangelio: no hay seguimiento de Cristo sin incondicionalidad y radicalidad.

– La ascesis como transformación del corazón en el espíritu del Reino

La ascesis y las penitencias adquieren un notable protagonismo en la vida espiritual como elementos que pretenden asegurar la prontitud del espíritu para el encuentro con Dios y para el bien obrar.

Parece que, en ocasiones, San Pedro hace cierta absolutización de la ascesis y la penitencia, pero no hace nunca de ellas valores en sí mismos, sino que nacen de la voluntad de identificación afectiva y efectiva con Cristo-Siervo. La clave de discernimiento de que esa ascesis y penitencia no le llevan a creerse autojustificado o a formársele un carácter agrio o duro es su trato amoroso con los hermanos. El sano amor es clave de discernimiento.