[Efesios] “Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles.”

[Lucas] “Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles.”

Los apóstoles son el cimiento que puso Cristo para levantar el edificio de Su Iglesia pero sólo Él es la piedra angular. Los obispos son los sucesores legítimos de los Doce y por la sucesión apostólica estamos conectados con nuestros orígenes y recibimos lo que recibieron de Cristo los apóstoles-los bienes de la salvación, Sagrada Escritura y sacramentos- por la comunión con nuestros pastores.

Lo más importante de todo edificio es que cada elemento esté en su lugar para que una planta sobre la anterior se alce con firmeza y estabilidad. “Firmeza y estabilidad”; dos notas que aplicamos a la Iglesia por Aquél que es su origen, por el que es su Fundador y por Aquél que la sostiene con Su inspiración y Su fuerza.  “Creo en la Iglesia” y “creo a la Iglesia” es una consecuencia necesaria de “Creo en Dios Padre… Creo en Jesucristo… Creo en el Espiritu Santo…”: “El que os escucha a vosotros me escucha a mi; el que a vosotros rechaza es a mí a quien rechaza” (Lucas 10, 16).

Si bien el evangelio de hoy se centra en la eleccion y la vocación de los apóstoles no se agota en ellos: “Bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo. Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.”

Cada planta que se suma a las ya existentes hace del edificio algo más visible, más admirable, con mayor capacidad para acoger a quienes lo necesiten o simplemente lo deseen. Jesucristo ha venido por todos y es un don del Padre para todos, exactamente como ha de ser Su Iglesia en cada bautizado inserto en ella como una piedra viva que toma su fuerza de la firmeza de la Piedra angular para aportar a los demás lo que es propio de ella, lo que es propio de la Vid verdadera que vive dando Su Vida a todos los que quieran vivir de El y como El: para el bien integral de todo ser humano creado por Dios para que conozca y acepte la vocación a ser “hijo” y a vivir como tal, como hermano.