“Dad a Dios lo que es de Dios”

La Palabra de Dios de hoy nos invita a reflexionar sobre una pregunta fundamental: ¿a quién pertenece verdaderamente nuestra vida?
En el Evangelio, algunos fariseos y herodianos intentan poner a prueba a Jesús preguntándole si es líito pagar impuestos al César. Pero el Señor, con una sabiduría divina, responde: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.”
Con esta respuesta, Jesús no solo evita una trampa, sino que nos enseña una gran verdad espiritual: el ser humano debe cumplir sus responsabilidades en el mundo, pero sin olvidar nunca que pertenece прежде que nada a Dios.

Primera clave: El cristiano vive en el mundo, pero con el corazón puesto en Dios.
Jesús no rechaza las responsabilidades civiles o sociales. El cristiano está llamado a ser buen ciudadano, responsable y comprometido con el bien común.
Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que ninguna realidad terrena puede ocupar el lugar de Dios. El dinero, el poder, el prestigio o las ideologías pasan; solo Dios permanece eternamente.
La primera lectura nos habla precisamente de esta esperanza: “Esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva.” Nuestra meta definitiva no es este mundo pasajero, sino el Reino de Dios.
San Agustín de Hipona decía: “Vivimos en este mundo como peregrinos; nuestra patria verdadera está en el cielo.” Por eso el cristiano trabaja, estudia y sirve en este mundo, pero sin perder la mirada de la eternidad.

Segunda clave: El ser humano lleva la imagen de Dios.
Jesús pide que le muestren una moneda y pregunta: “¿De quién es esta imagen?”
Ellos responden: “Del César.”
Entonces Jesús responde: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.”
La moneda llevaba la imagen del emperador; por eso pertenecía al César. Pero el ser humano lleva grabada la imagen de Dios desde la creación.
El libro del Génesis nos recuerda que hemos sido creados “a imagen y semejanza de Dios”. Por eso nuestra vida no nos pertenece completamente a nosotros mismos. Somos de Dios.
Muchas veces el mundo actual intenta borrar esta dignidad humana, reduciendo a la persona a consumo, apariencia o éxito. Pero para Dios cada persona tiene un valor infinito.
San Ireneo de Lyon afirmaba: “La gloria de Dios es el hombre vivo.” Cuando vivimos alejados de Dios, perdemos nuestra verdadera identidad. Solo en Cristo descubrimos quiénes somos realmente.

Tercera clave: Dios quiere nuestro corazón entero.
Jesús no pide solamente algunas prácticas religiosas externas. Él quiere nuestro corazón, nuestra vida y nuestra fidelidad.
A veces damos muchas cosas al mundo:
• nuestro tiempo,
• nuestras preocupaciones,
• nuestro trabajo,
• nuestras energías…
Pero dejamos poco espacio para Dios.
El Evangelio de hoy nos pregunta: ¿Le estamos dando verdaderamente a Dios lo que le pertenece?
Le pertenece:
• nuestra fe,
• nuestra oración,
• nuestro amor,
• nuestra conciencia,
• y toda nuestra vida.
San Juan Crisóstomo decía: “No basta honrar a Dios con los labios; hay que ofrecerle la vida.” La santidad comienza cuando dejamos que Dios ocupe el primer lugar en nuestro corazón.

Conclusión:  Queridos hermanos: La Palabra de Dios nos recuerda hoy que vivimos en el mundo, pero pertenecemos a Dios. Todo pasa, pero el Señor permanece para siempre.
Pidamos la gracia de vivir con sabiduría cristiana:
• siendo responsables en nuestras obligaciones,
• defendiendo la dignidad humana,
• y entregando a Dios el centro de nuestra vida.
Que María Santísima nos ayude a vivir siempre con el corazón puesto en el cielo, esperando “unos cielos nuevos y una tierra nueva”. Amén.

Dirigido por:
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM