
Lc 6, 6-11 «¿Está permitido en sábado hacer el bien o hacer el mal?»
Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.
El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús entrando en una sinagoga en día de sábado. Allí encuentra a un hombre que tiene paralizada la mano derecha. Los escribas y fariseos observan atentamente para ver si lo cura, no porque les preocupe el enfermo, sino porque buscan un motivo para acusarlo.
Jesús, que conoce sus pensamientos, coloca al hombre en medio de la asamblea y plantea una pregunta que atraviesa los siglos y llega hasta nosotros:
«¿Está permitido en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o destruirla?»
Nadie responde. Entonces Jesús cura al hombre y devuelve la movilidad a su mano. Sin embargo, en lugar de alegrarse por la curación, los fariseos se llenan de ira.
Este Evangelio nos invita a reflexionar sobre la autenticidad de nuestra fe y sobre la importancia de vivir el amor por encima de cualquier formalismo.
Primera clave: Dios mira el corazón y no las apariencias
Los fariseos eran personas religiosas. Conocían la Ley, participaban en el culto y observaban cuidadosamente las normas. Sin embargo, habían olvidado lo más importante: el amor.
Mientras ellos estaban preocupados por una posible infracción de la ley del sábado, Jesús estaba preocupado por el sufrimiento de un hombre concreto.
Aquí encontramos una enseñanza fundamental para nuestra vida espiritual.
Existe el peligro de practicar una religión centrada únicamente en las apariencias externas.
Podemos asistir a misa, rezar muchas oraciones o cumplir ciertas normas religiosas y, sin embargo, tener un corazón cerrado a la misericordia.
Jesús nos recuerda que Dios no mira solamente nuestras acciones externas; mira sobre todo nuestro corazón.
Como decía el profeta Samuel:
«El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón» (1 Sam 16,7).
La verdadera santidad no consiste en aparentar perfección, sino en dejar que Dios transforme nuestro interior.
Por eso debemos preguntarnos:
- ¿Mi fe nace realmente del amor a Dios?
- ¿Busco agradar a Dios o solamente quedar bien ante los demás?
- ¿Mi relación con Cristo transforma mi manera de vivir?
Segunda clave: El amor está por encima de toda ley
La pregunta de Jesús es extraordinariamente actual:
«¿Está permitido hacer el bien o hacer el mal?»
La respuesta parece evidente. Siempre es tiempo para hacer el bien.
Jesús enseña que la ley encuentra su verdadero sentido cuando está al servicio de la persona.
Dios nunca quiere que una norma se convierta en una excusa para la indiferencia.
Por eso Cristo cura al hombre sin preocuparse de las críticas.
El amor no puede esperar.
La caridad no puede aplazarse.
La misericordia no tiene horarios.
San Juan Pablo II enseñaba:
«El hombre es el camino de la Iglesia.»
Cada persona posee una dignidad inmensa porque ha sido creada a imagen de Dios.
Por eso la Iglesia siempre ha defendido la vida humana, la dignidad de los pobres, la atención a los enfermos y el cuidado de los más vulnerables.
Cuando ayudamos a alguien que sufre, estamos colaborando con la obra de Dios.
Cuando visitamos a un enfermo, acompañamos a una persona sola o consolamos a quien está triste, estamos viviendo el Evangelio.
El amor concreto es la medida auténtica de nuestra fe.
Tercera clave: Cristo quiere sanar nuestras manos paralizadas
La mano paralizada del Evangelio puede simbolizar también nuestras propias parálisis espirituales.
Hay personas que desean rezar más, pero están paralizadas por la rutina.
Otras desean perdonar, pero están paralizadas por el resentimiento.
Algunas sienten la llamada de Dios, pero están paralizadas por el miedo.
Otras quieren comprometerse más en la Iglesia, pero están paralizadas por la comodidad.
Cristo sigue repitiéndonos hoy las mismas palabras que dirigió al enfermo:
«Extiende tu mano.»
Es una invitación a confiar.
Es una invitación a dar un paso adelante.
Es una invitación a dejar que la gracia de Dios actúe en nuestra vida.
San Francisco de Asís comprendió esto cuando escuchó la voz del Señor que le pedía reconstruir su Iglesia. Humanamente parecía imposible, pero él respondió con generosidad y confianza.
También nosotros estamos llamados a dejar que Cristo sane nuestras debilidades para convertirnos en instrumentos de su amor.
Cuando permitimos que Dios actúe, aquello que parecía imposible comienza a transformarse.
Conclusión
Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos recuerda que la verdadera religión nace del amor y de la misericordia.
Jesús nos invita a mirar a las personas con los ojos de Dios, a hacer siempre el bien y a permitir que Él cure nuestras parálisis interiores.
Pidamos al Señor la gracia de tener un corazón sensible al sufrimiento de los demás y una fe auténtica que se traduzca en obras concretas de amor.
Que María Santísima nos enseñe a servir con generosidad y que San Francisco de Asís nos ayude a ser instrumentos de paz, misericordia y esperanza en medio del mundo.
Amén.
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM